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Clientelismo
y Solidaridad Social
En
estos tiempos en que se busca reconocimiento por alguna cualidad que
destaque o particularice, somos de todos los países de América Latina el
que tiene el mayor nivel de experiencias en materia de clientelismo político.
Según el Informe del PNUD sobre el estado de la democracia en Latinoamérica,
nadie nos supera en la cantidad de personas que conocen personalmente uno
o más casos de privilegios recibidos por ser simpatizantes del partido en
el gobierno. El 53.1% de los encuestados afirma conocer casos de esta práctica. Aunque
es un fenómeno generalizado, por ser practicado sistemáticamente por
todos los gobiernos, y presente de manera cotidiana, pudiera pensarse que
es particular de nuestro tiempo, o de reciente aparición. No es así. El
clientelismo parece que es consustancial a la práctica política, pues ya
en Grecia hay referencia a su ocurrencia. Se indica que el clientelismo,
como ahora, consistía en aquel entonces en una relación económica y política
de sumisión entre una persona con recursos y poder y otra con necesidades,
mediante la cual se busca o asegura la lealtad por favores recibidos o
prometidos. Era, y es, una forma de hacer política en la que se procura
fidelidad o gratitud, a cambio de favores que se entregan, o que se
ofrecen entregar. El clientelismo se ejerce de manera permanente, algunas
veces de manera sutil, pero siempre con el objetivo de mantener o lograr
el respaldo o la fidelidad políticas. En los momentos de las elecciones
el respaldo o la fidelidad deben manifestarse en votos a favor del
candidato que ha prometido o hecho llegar algún tipo de favor.
Como
explicación del clientelismo, que se ha establecido como una práctica
generalizada y utilizada en todos los gobiernos, se señalan factores que
lo favorecen. Entre ellos se indican la situación de pobreza y
marginalidad de amplios sectores de la población que con escasas
posibilidades propias para agenciarse los bienes y servicios que necesitan
esperan recibirlos de una fuente externa; el concepto patrimonialista que
sobre los cargos de la administración pública tienen todos nuestros
partidos; la búsqueda de respaldo político que necesita todo político
que quiere llegar a la Presidencia de la República y permanecer en ella
después de haberla conseguido; la práctica cada vez extendida de centrar
la labor política de los partidos en los posibles votantes en vez de
reforzar la vinculación con sus militantes; las experiencias exitosas de
algunos gobernantes de haber logrado el poder, y mantenerse en él por
varios años, utilizando el clientelismo; la existencia de una cultura política
que permite que los favores sean demandados a los gobernantes y que éstos
se sientan obligados a concederlos. Balaguer
en sus numerosos gobiernos fue quien más contribuyó a la consolidación
del clientelismo como práctica política cotidiana, iniciada con la
rebaja de productos de consumo masivo por debajo de su costo de producción
antes de salir del país, como preparación a su planificado retorno. El
PEME y el Plan RENOVE son los monumentos más acabados y recientes de
clientelismo político y de corrupción. Pero a diario presenciamos formas
de clientelismo político que por su reiteración y cotidianidad
parecieran que son prácticas que se deben de considerar como normales. Así,
conocemos la sustitución de empleados públicos por militantes del
partido ganador, la proliferación de Subsecretarías de Estado,
nombramientos que exceden el límite de la prudencia en las legaciones
diplomáticas, como también el excesivo número de Ayudantes Civiles del
Presidente de la República. A
la preocupación, que debe ser grave, de la aceptación del clientelismo
como una práctica normal, tanto por quien lo otorga como por quien lo
recibe, se agrega ahora la consideración en algunos de nuestros políticos
de que en una situación de precariedad económica, disminución del poder
adquisitivo, aumento del desempleo y la necesidad de hacer llegar algún
tipo de ayuda a los sectores más afectados, lo que se denigra como
clientelismo pudiera ser considerado como una forma de solidaridad social.
Quienes así razonan argumentan que con estas ayudas lo que se busca es
contribuir a mejorar la situación de estos sectores, no su lealtad política,
por lo que en vez de crítica lo que debe merecer es apoyo por ser una
forma de solidaridad del Estado con los que menos tienen. En
realidad, esta argumentación a favor del clientelismo no representa otra
cosa que la claudicación y la aceptación de la rentabilidad política de
esta práctica, tratando de justificarla, para que sea aceptada como una
forma de solidaridad. Se presenta esta vieja práctica con un ropaje de
modernidad para que sea aceptada en vez de rechazada. Si aceptamos el
clientelismo como solidaridad social, estaremos muy cerca de que se nos
presenten los sueldos del personal excesivo en la administración pública,
que tiene un “empleo” en vez de un “trabajo”, como una forma,
también moderna, de gasto social. Conviene
no olvidar que el deterioro económico sufrido por nuestra economía, que
ha incrementado la vulnerabilidad de
amplios sectores sociales, justifica la asistencia social del Estado y que
la proximidad de unas elecciones, donde se debe tratar de modificar la
correlación de fuerzas en el Congreso y en los Ayuntamientos, puede
explicar el argumento de considerar el clientelismo como una forma de
solidaridad social.
09
de diciembre 2004 |