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El
PRD requiere un acto de contrición Las recientes reformas estatutarias son positivas pero el resultado de la consulta a sus bases es devastador para su dirección que necesita una urgente renovación
Los resultados de la consulta a sus bases dados a conocer esta semana son
devastadores para el liderazgo perredeísta, especialmente para quienes
ejercieron su hegemonía tras la muerte de José Francisco Peña Gómez y
tuvieron la responsabilidad del gobierno de la nación en los últimos
cuatro años.
Uno de los mayores desafíos para el PRD es cómo lograr la reinserción
del grupo disidente que encabeza Hatuey de Camps, que aunque no esté
libre de pecado, ha quedado mejor parado ante la opinión pública por
haber enfrentado el absurdo proyecto reeleccionista que originó su
catástrofe electoral de mayo pasado. Resultados devastadores
Tal como se había adelantado, los resultados de la consulta a las bases
del PRD sobre el desempeño de ese partido a su paso por el poder
realizada a mediados de noviembre pasado, son devastadores para sus máximos
dirigentes, especialmente para quienes impusieron su hegemonía en los últimos
cuatro años.
Puede ser que lo más relevante de la consulta no haya sido el que más de
la mitad (51%) estima que el intento reeleccionista fue la principal causa
de la derrota electoral de este año, y que demande (52%) la prohibición
de la reelección presidencial, sino la altísima proporción que rechaza
la tremendista lucha grupal de que adolece el partido blanco.
Nada menos que dos terceras partes de los propios militantes consideran
que ese partido es “revoltoso y conflictivo” y casi la misma proporción
(64%) señala la lucha grupal como causa principal de haber perdido el
poder. Un 49 % atribuye al intento continuista la mayor responsabilidad en
la división interna, mientras el 41 por ciento estima que el presidente
Hipólito Mejía gobernó para un grupo.
En otras palabras, la consulta vino a ratificar el postulado de que el PRD
“se derrota a sí mismo”, levantado por Peña Gómez como causa de sus
desastres electorales de 1986 y 1990. No se debe olvidar que los perredeístas
consumieron los 14 meses precedentes a los comicios de este año en una
desgarradora lucha interna que incluyó la expulsión sumaria del
propio presidente de la organización y su grupo y dejó mal parados a
muchos otros que durante meses maldijeron el intento continuista y
terminaron sumándosele.
De la responsabilidad de la derrota electoral y el descrédito del partido
blanco no escapan ni siquiera los siete precandidatos que se opusieron en
principio a la reelección, pero resultaron absolutamente incapaces de
conciliar sus ambiciones para ponerse de acuerdo en uno solo que
catalizara el sentimiento anticontinuista que reflejaron las encuestas aún
entre la militancia de su partido.
Más de la mitad (52%) de los 40 mil 629 perredeístas que respondieron la
consulta enjuiciaron duramente el papel de sus representantes en los
órganos de gobierno y dirección al indicar que no han mantenido en alto
los principios, valores e intereses del partido.
Si esa es la valoración de los propios perredeístas no debe extrañar el
rechazo expresado por las dos terceras parte de los que ejercieron el
sufragio en las últimas elecciones presidenciales ni el descrédito que
mantienen en gran parte de la opinión pública. Imprescindible renovación
Hasta para el más superficial observador político resulta imprescindible
una renovación de la dirección y el liderazgo perredeísta, como primer
paso para recuperar siquiera parte del espacio perdido por el partido
blanco.
El 45% de los militantes perredeístas consultados considera necesario que
se produzcan cambios en la dirección partidaria. Un 54 % cree que se debe
superar la precaria democracia interna del partido y un 73 % señala
la modernización entre las principales prioridades.
Si los participantes en la consulta representan el sentimiento general de
la militancia perredeísta tendrán una oportunidad de realizar esa
renovación en la convención acordada para marzo próximo en la que
mediante voto secreto y universal podrán elegir presidente, secretario
general, y secretario de organización de todos los órganos partidarios.
Asumiendo que los conflictos internos y ambiciones desenfrenadas no
impidan su libre expresión.
No faltarán perredeístas de prestigio, como los doctores doctor Virgilio
Bello Rosa y Enmanuel Esquea dispuestos a asumir las máximas
responsabilidades directivas, sin descartar los resabios y actitudes
divisionistas de esos que el 41 por ciento de los consultados en noviembre
estima que se creen propietarios del partido.
Pero para que puedan recuperar crédito en la opinión pública y la
ciudadanía, cualquiera que aspire a la renovación tendrá que formular
propuestas firmes de compromiso con la democracia interna y externa, de
rescate de los principios y compromisos históricos del perredeísmo,
rechazo al clientelismo y el tráfico y la corrupción.
Para poder superar sus quebrantes internos el PRD tendrá que ser sacudido.
Precisa asumir la propuesta de catarsis pública que al retirarse de
la vida pública formuló esta semana el presidente de Portugal Mario
Soares. El viejo dirigente socialdemócrata y gran amigo del perredeísmo
histórico planteó a los suyos: “Tenemos que hacer un acto de contrición
colectivo. No para flagelarnos, sino para separar el trigo de la paja y a
los corruptos de quienes no lo son, y a quienes sirven al Estado de los
que se sirven del ejercicio de funcionarios del Estado para fines propios”.
Desde luego, nadie cree que al perredeísmo le pueda resultar fácil esa
catarsis pública ni liberarse de muchas de las lacras que cultivó en el
gobierno. También le resultará muy difícil recuperar el crédito en el
electorado con los mismos aspirantes a la presidencia de la nación, por más
que renuncie a la reelección y recupere los principios programáticos ni
aún cuando adopte el “peñagomismo como pesamiento ideológico”. ¿Podrán reunificarse?
Cada día que pasa lucen más remotas las posibilidades de reunificación
del PRD, no sólo porque los mayores responsables de su decadencia se
niegan a la más elemental autocrítica y reconocimiento de sus graves
errores, sino porque el grupo disidente que encabeza Hatuey de Camps
parece convencido de que es imposible.
Su táctica parece más encaminada a acentuar el descrédito de los que
mantienen el control formal del partido, enrostrándole a todos el mismo
nivel de responsabilidades en la crisis, que a recuperar la unidad, sin
que se vislumbre un grupo o un líder en capacidad de auspiciar el
reencuentro.
A consideración de muchos en la opinión pública, Hatuey de Camps y su
grupo quedaron mejor parados en el último enfrentamiento intraperredeísta
por haberse mantenido en la oposición al continuismo suicida en que se
embarcó el grupo hegemónico de Hipólito Mejía, pese a todos los
factores, políticos y económicos, internos y nacionales que le cerraban
el paso.
Pero a de Camps le enrostran el “haber secuestrado el partido”, al
prescindir de sus órganos ejecutivos, como la Comisión Política y el
Comité Ejecutivo Nacional, ejecutando una dirección casi individual,
amparado en el temor, para nada infundado, de que el poder presidencial de
Mejía se impondría a cualquier precio.
Al grupo disidente nadie le atribuye la mayoría partidaria, pero es
fuerte y cuenta con importantes cuadros a nivel nacional, y por de pronto
controla la simbólica “Casa Nacional” del partido blanco.
El PRD oficial podría ignorar al grupo de Hatuey de Camps, pero resultaría
irónico y hasta incoherente que intente recuperar el anti-reeleccionismo
que este defendió y que fue la causa eficiente de su expulsión.
Conscientes de esa tesitura fue que adoptaron la decisión de buscar un diálogo
con los disidentes para reincorporarlos al partido, y más aún que
algunos de los que postulan la renovación consideren fundamental la difícil
reunificación. En la dirección correcta
Las resoluciones adoptadas por la convención estatutaria del 28 de
noviembre se inscriben en dirección a la renovación del PRD, resumidas
en prohibición de la reelección, institución del Congreso, el
plebiscito y la rendición de cuentas, y del voto universal y secreto para
elegir sus dirigentes en todos los organismos.
La gran prueba será la convención eleccionaria convocada para marzo próximo.
Lo primero es que logren realizarla sin mayores revueltas y
enfrentamientos, que puedan proscribir su persistente tendencia a la lucha
grupal y el ataque mutuo. Y luego que la mayoría de la militancia se
pueda manifestar sin ser influida por el clientelismo.
No se puede ignorar que el 57% de los recién consultados siguen
considerando al PRD como una opción diferente, que el 68% estima su carácter
democrático entre sus principales fortalezas, y el 78% reivindica su
historial de lucha por la democracia dominicana.
Tampoco se debe ignorar que el perredeísmo es una expresión de la
sociedad dominicana, donde las prácticas democráticas y las fortalezas
institucionales son todavía incipientes y han dependido excesivamente de
los líderes.
El partido blanco ha superado situaciones críticas como las que enfrenta,
pero casi nunca con tanto rechazo en la colectividad nacional, como quedó
manifiesto en el 33 por ciento de los votos que obtuvo en mayo pasado.
Pero ahora no cuenta con un liderazgo unificador como el que representaron
en el pasado el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez.-
Juan Bolivar Díaz 08
de diciembre 2004 |