![]() |
![]() |
|
|
|
XXX
Graduación del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) Agradezco
el honor que me confieren las autoridades del INTEC al encargarme el
aliento de estos nuevos 1160 profesionales que hoy entregamos a la
sociedad dominicana. Lo he aceptado a nombre del conjunto de mujeres y
hombres con quienes compartí durante los 6 años que formé parte de la
Junta de Regentes, entre l978 y 1984, hace justamente 20 años. Recuerdo
gratamente aquella experiencia por la dedicación y la responsabilidad con
que construíamos los cimientos de esta institución en un hermoso
ejercicio de participación académica y democrática. Rindo homenaje a
todos sus integrantes, especialmente a los que muy temprano trascendieron
el tiempo y el espacio, los inolvidables Héctor Mejía Constanzo,
Virgilio Díaz Grullón, Manuel Morillo, Fernando Periche Vidal y nuestro
rector de siempre Eduardo Latorre. Llegan
ustedes al ejercicio profesional, estimadas y estimados graduandos, en un
mundo cada vez más convulsionado por profundos conflictos de guerras y
atentados que lo mismo aterrorizan a pueblos y naciones, sembrando el
espanto y la muerte. Una civilización que ha globalizado el hambre y la
pobreza en un círculo vicioso de exclusión que genera nuevas expresiones
del odio y la injusticia. Mientras
casi enteros continentes padecen hambruna, la riqueza y el bienestar se
concentran cada vez más en una veintena de naciones y en algunos miles de
personas. La revista Forbes acaba de publicar su lista anual de los
mayores concentradores de la riqueza en la que 400 individuos aparecen con
un patrimonio superior al millón de millones de dólares. 313 tienen cada
uno más de mil millones de dólares. Los dos más ricos poseen 48 mil y
41 mil millones de dólares respectivamente. Mientras
según las cifras del Banco Mundial presentadas en su reunión anual y del
Fondo Monetario Internacional celebrada en Washington el pasado fin de
semana, el 50 por ciento de la población humana sobrevive con menos de
dos dólares diarios. James
Wolfenshon, el presidente del Banco Mundial, proclamó al término de la
asamblea que “la erradicación de la pobreza es central para la
estabilidad y la paz del planeta”, asegurando que la mayor amenaza es la
frustración y la falta de esperanza en gran parte de los países. Censuró
que los líderes de las potencias económicas sólo formulan promesas para
asistir a las naciones más pobres, pero los recursos nunca llegan. Se
echan de menos en el mundo aquellos tiempos de la guerra fría en que la
lucha bipolar por la supremacía prometía el 0.5 por ciento del
producto interno bruto de los ricos para combatir la pobreza, y los
escenarios internacionales en que los bloques tercermundistas tenían
tribunas de expresión y acopio de fuerzas. Con
el final de la guerra fría se hilvanaron numerosas ilusiones de un mundo
más pacífico y justo, pero el resultado ha sido una mayor indiferencia,
indefensión y hasta desaparición o anulación de los organismos
intermedios, que como el sindicalismo, eran instrumento de negociación y
amortización de las injusticias sociales. Con
la caída del socialismo y el predominio absoluto del capitalismo el gasto
militar mundial, que en 1989 había alcanzado los 900 mil millones de dólares,
en 1999 se había reducido a 780 mil millones, pero a fin de este año
sobre pasará la cifra de los 950 mil millones de dólares. Para
el año fiscal 2004-2005 sólo los Estados Unidos destinarán 500 mil
millones de dólares a gasto militar, lo que según el escritor argentino
Juan Gelman, en su ensayo ”Militarismo, las cifras del escándalo”,
implica el derroche de 1,360 millones de dólares cada día, 56 millones
por hora y 940 mil por minuto. Resalta el hecho contradictorio que cuatro
de las cinco potencias que más derrochan en armamentismo son del
exclusivo club del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ese
desbordamiento es en gran parte responsable del déficit fiscal de Estados
Unidos que este año alcanza la cifra de 450 mil millones de dólares,
casi similar a su gasto militar, generador de mayores desequilibrios
mundiales, razón por la cual el presidente del Fondo Monetario
Internacional llamó la atención de esa nación en la reunión del pasado
fin de semana. Es
relevante que en la lista de Forbes aparecen 25 multimillonarios
latinoamericanos acumulando 70 mil millones de dólares. Mientras el último
informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sobre la
Democracia en América Latina indica que el 44 por ciento de sus
pobladores, equivalentes a 225 millones de personas, viven bajo niveles de
pobreza. México
es el ejemplo paradigmático, tiene en la lista 11 acaudalados que de año
en año concentran mayor riqueza. Carlos Slim la duplicó en un solo año,
pasando de El
estudio del PNUD, de reciente publicación sostiene que “las
sociedades latinoamericanas son las más desiguales del mundo” y que no
sólo se observa la profundidad de la desigualdad en la región, comparada
con el resto del universo, sino también su persistencia en las tres últimas
décadas. Para
graficar esa situación, el informe indica que en 1990 el 10 por ciento de
la población latinoamericana de ingresos más elevados tenía más de 25
veces el ingreso del 10 por ciento de los más pobres, proporción que se
elevó a más de 27 veces en 1999. En 1997 el 20 por ciento de los
latinoamericanos de mayores ingresos recibía casi el 55 por ciento del
total, mientras el 20 por ciento de los de menores ingresos apenas recibía
el 4.8 por ciento. Eso
explica que casi todas las capitales latinoamericanas se hayan convertido
en ciudades de enorme inseguridad y criminalidad. De ahí los casi mil
secuestros sufridos por los mexicanos de mayores ingresos tan solo en el
2002. La
República Dominicana no escapa a esas alarmantes desproporciones y a la
realidad de que cerca de la mitad de su población vive bajo niveles de
pobreza, y que más del 80 por ciento de los que tienen el privilegio de
un empleo ganan menos que el costo de la canasta familiar. El
Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD publicado en julio pasado
ratifica a la República Dominicana entre los 10 países de menor
desarrollo global de los 35 que integran el continente, por debajo de
todas las naciones del Caribe, exceptuando la vecina Haití. Es
en ese mundo salvaje en el que ustedes, queridos graduandos, están
llamados a insertarse plenamente y a vivir. La generalidad de ustedes son
y serán privilegiados, no sólo por su origen social, sino también por
haber podido alcanzar el nivel de educación del que está excluida la
gran mayoría, como también de los servicios sanitarios, del empleo y la
seguridad. Hasta
por razones egoístas tendrán que enfrentarse a esas desigualdades e
injusticias, porque aunque todo se esté privatizando en beneficio de las
minorías dominantes, aunque tengan guardianes en sus residencias, tendrán
que enfrentarse a unas calles progresivamente más inseguras y violentas. Los
niveles que está alcanzando la delincuencia en el país no son más que
consecuencias de esas desigualdades y exclusiones, de la desesperanza y
desesperación que se vive en las grandes concentraciones de la
miseria urbana. No es una ola de delincuencia la que padecemos, es un
crecimiento sostenido que desborda los barrios y se va apoderando de los
ámbitos de las clases medias y altas. Si
no combatimos eficientemente la pobreza, disminuimos el dispendio y la
ofensiva exhibición de riquezas, muchísimas veces mal habidas, la
inseguridad será cada vez más generalizada. Tenemos que producir una
profilaxis profunda en la Policía Nacional, pero de nada valdrían todas
las previsiones mientras un teniente reciba menos de 6 mil pesos mensuales.
Saldrán a las calles a buscárselas a cualquier costo, por sí mismo o
asociados con las bandas de delincuentes que se multiplican. La
corrupción, con la impunidad que carcome el alma de la sociedad
dominicana, es otro de los factores que incentivan la delincuencia en
todas sus expresiones y que tenemos que enfrentar en lo inmediato. Esa
enorme corrupción pública y privada, que ha quedado al desnudo en toda
su extensión por las recientes quiebras bancarias que salpicaron amplios
segmentos de los sectores políticos y sociales, ha sido generadora de la
profunda crisis económica que padecemos y de un mayor empobrecimiento de
la población. Esta
sociedad tiene que hacer una catarsis de la corrupción, sincerándola no
solo en el mundo político, sino también en el de aquellos que poseen las
riquezas y las utilizan para corromper la política y los políticos.
Reclamando el cese de la impunidad y la institucionalización de reales
mecanismos de control. El
poder del dinero y sus capacidades de comunicación han tenido éxito en
concentrar la responsabilidad de la corrupción en los políticos, cuando
en realidad ellos enseñorean la distribución del poder político. Nos
hemos olvidado del premonitorio verso de Sor Juan Inés de la Cruz
que pregunta “cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga, el
que peca por la paga o el que paga por pecar”.
En
la última década, los dominicanos, como los latinoamericanos en general,
hemos accedido a las formas democráticas, y logramos, por primera vez en
nuestra historia, realizar seis elecciones libres consecutivas. Los
esfuerzos de las generaciones de los 60 y 70 por democratizar la sociedad
han dado frutos. Tenemos que verlo con optimismo y esperanza. Acabamos
de demostrar que ya no es suficiente el control político del Estado y de
los órganos del arbitraje electoral para mantener la tradición de
imposiciones electorales y el fraude. La sociedad dominicana se ha
levantado de la postración caudillista. La
democracia ha triunfado como forma de convivencia nacional y
latinoamericana, pero está profundamente amenazada por la desigualdad, la
exclusión y la corrupción, como muestra el informe ya citado del PNUD.
Ese estudio nos plantea que “la democracia excede a un método para
elegir a quienes gobiernan, es también una manera de construir,
garantizar y expandir la libertad, la justicia y el progreso, organizando
las tensiones y los conflictos que generan las luchas de poder”. El
PNUD nos convoca a una democracia de ciudadanos, participativa: “El paso
de la democracia electoral a la democracia de ciudadanía consiste,
precisamente, en mantener y perfeccionar los derechos políticos y lograr
que la mayoría de la población pueda participar y beneficiarse de los
derechos sociales y económicos. Pero
el filósofo español Joseph Ramoneda nos plantea el secuestro de la
democracia y la libertad por los poderes económicos, señalando una
contradicción esencial entre democracia y capitalismo. “La democracia
es tendencialmente igualitaria, en la medida en que se basa en el
principio de un hombre (o una mujer) un voto; el capitalismo es
esencialmente desigualitario en tanto que se funda en la ley del más
fuerte, en la lucha por la supervivencia en el campo de batalla del
mercado”. De
la corrupción nos dice que “como figura central de la política
contemporánea es la expresión de la difícil coexistencia entre un
sistema económico -el capitalismo- que tiene la desigualdad como motor de
su desarrollo y un sistema político –la democracia- que tiene la
igualdad como principio articulador”. Estimadas
y estimados graduandos: De ninguna forma he querido presentarles un
panorama desolador ni pesimista. Deseo convocarlos a continuar las luchas
de sus padres y maestros por un mundo más justo y habitable. Y por ello
es preciso que les formule un llamado a los valores espirituales, a la
construcción de una sociedad fundamentada en la ética y los principios
de los derechos sociales. A recuperar los valores de la política, a
participar no solo en la creación de riquezas, sino también en su
distribución. La
política tiene que recuperar su compromiso con los sueños libertarios,
con la solidaridad humana. Participen de ella en todas sus expresiones,
incluso en la militancia para reconvertir los partidos en instrumentos
del bienestar colectivo. Los
bienes materiales son esenciales para todos. Pero es también fundamental
que no se dejen consumir por la tibieza y la indiferencia. Este país
todavía es un ámbito hermoso, “colocado en el mismo trayecto del
sol”, con una naturaleza pródiga, lúdica y regenerativa. Respiren el
verdor de nuestros valles y montañas, pese a toda la depredación de que
los hemos hecho víctima. Vivan,
ejerzan sus profesiones con la pasión de la trascendencia. Porque al
final por más que acumulemos volveremos a la tierra ligeros de equipaje,
y lo que quedará será lo que hayan acumulado en la solidaridad, en la
generosidad con esta tierra y sus habitantes. Esta
nueva generación está convocada a afianzar los avances democráticos con
las grandes transformaciones que demanda la sociedad dominicana,
sustituyendo los botes individuales por grandes embarcaciones que
atraquen siempre en ámbitos nacionales, donde quepan todos los sueños y
realizaciones humanas. Permítanme
ahora concluir citando al excepcional poeta latinoamericano Mario
Benedetti, quien hace dos semanas publicó en Madrid, al cumplir 83 años
de edad, su último libro titulado Memoria y Esperanza, que él
dedica a ustedes las y los jóvenes, a quienes pide que no desperdicien su
frescura, ni apaguen su curiosidad. Les
habla de la necesidad de luchar contra el conformismo y el consumismo.
También de preservar la rebeldía, el idealismo, la vitalidad, las ganas
de vivir y de cambiar el mundo. De la necesidad, en definitiva, de no
dejarse vencer por el tedio o el derrotismo y mantener los sueños y la
esperanza. “¿Qué les queda por
probar a los jóvenes “¿Qué les queda por
probar a los jóvenes “¿Qué les queda por
probar a los jóvenes Sobre todo les queda
hacer futuro Juan Bolivar Díaz 09
de octubre 2004 |