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Palabras
y Política Parece
ser que de todos los animales el ser humano es el único que puede
expresar sentimientos y pensamientos en forma de palabras. Compartimos con
los demás animales la emisión de sonidos que permiten exteriorizar
situaciones que se experimentan, pero sólo el ser humano puede hacerlo
articulando términos con significados bajo la modalidad de la palabra,
unas veces a través del habla y otras de la escritura. Mientras la
primera tiene gran poder de motivación, la segunda invita a la reflexión. Utilizamos esta cualidad especial
que nos distingue del resto de la especie de forma tan espontánea que no
siempre reparamos ni valoramos en su justa dimensión el contenido y
significado de los términos empleados, como tampoco del enorme poder que
tiene la palabra, sobre todo la hablada. Con la palabra podemos expresar
lo que sentimos y pensamos o, simplemente, lo que otro quiere oír o
creemos que nos conviene. Por eso, la palabra puede ser utilizada para
ocultar los pensamientos y los sentimientos. En el discurso político, por
ejemplo, se utilizan palabras de contenidos y significados de gran
trascendencia porque se refieren a las personas, sus circunstancias y
expectativas, pero se hace sin asumir el compromiso que supone el mensaje
que contienen. Otras veces se emplean porque son de uso cotidiano,
ignorando lo que quieren decir. Veamos algunos casos en los que usamos
determinadas palabras sin reparar en lo que quieren realmente decir, y si
lo sabemos no asumimos su contenido con la responsabilidad debida. Hablamos del bienestar
como la disponibilidad de lo necesario, en lo material y en lo espiritual,
para que una persona y su familia puedan llevar una vida digna, conforme a
las exigencias de una sociedad en el siglo XXI. En la elucubración teórica
del contenido de este término olvidamos que quiere decir algo muy
sencillo: Estar bien. Bienestar es, simplemente, estar bien.
Mientras se promete el bienestar sucede, sin embargo, que la mayoría de
la población carece de lo imprescindible para supervivir, mientras unos
pocos disponen hasta de lo superfluo en abundancia. Como cada cual no
tiene lo que le corresponde, por lo que existe entonces una situación de
injusticia que perfila a una sociedad como poco equitativa
porque en ella se ha establecido la desigualdad que provoca
el descontento social que puede provocar problemas de gobernabilidad. De manera similar defendemos y
demandamos que debemos convivir con los demás por su sola
condición de personas con derechos e individualidades que debemos
respetar y aceptar, pero olvidamos con frecuencia que convivir no es otra
cosa que vivir con, y que la situación de desigualdad e
injusticia nos obliga a tener compasión por los demás, lo
que implica realmente padecer con el otro, ponerse en su
lugar, compartir su sufrimiento, y ser solidario, asumiendo
un compromiso personal de luchar por lograr su bienestar. Recientemente hemos visto que desde
el poder se puede ser arrogante rechazando todo
cuestionamiento y considerando toda crítica como un ataque que debe ser
respondido con la descalificación personal, llegando a la intolerancia.
Vimos también muestras reiteradas de falta de consideración por
los demás y por las responsabilidades de la función desempeñada, lo que
convirtió a esa persona en desconsiderada. Cuando se
procede de esa manera se crean disgustos, algunos innecesarios, por lo que
la persona termina siendo desagradable, que es una forma de
no corresponder a quienes confiaron en que se haría un uso adecuado del
poder, hiriendo en ocasiones a quienes les favorecieron con su voto o
amistad, lo que le convierte en una persona desagradecida. Se
faltó a la compostura, a los buenos modales y a la moderación con
palabras y acciones, hasta llegar a la justificación de que todo es válido
en la política y que se puede renunciar a lo que antes se había
defendido, que es la forma más elocuente de desdecirse. Por
esta forma de comportamiento político se fue perdiendo la confianza,
terminado en el descrédito. Por lo que se dice y lo que se hace
en la política algunos, que ya son muchos, han preferido apartarse de
esta necesaria e importante actividad humana, o participar desde
organizaciones de la sociedad civil, en vez desde los partidos políticos.
Pero la independencia del compromiso político
partidario no debe confundirse nunca con la neutralidad, si
esta quiere entenderse como no comprometerse. Precisamente por estar comprometido
con el bienestar y la dignidad de las personas es que
algunos han decidido la independencia respecto de los partidos, que a fin
de cuenta es solo una de las partes, para poder trabajar a favor de todos. Las actuales autoridades debieran
aprender de esta experiencia y lograr la coherencia debida
entre el decir y el hacer. El resultado de las elecciones pasadas
evidencian que el pueblo sabe hacer la evaluación y expresarla en las
urnas.
Rafael Toribio 8
de septiembre 2004 |