La Caída del Mesías
Francisco Álvarez Valdez - 21 de Agosto 2004

La BBC de Londres u tili zó el título de este artículo para difundir la noticia del sometimiento judicial de Kenneth Lay, el ex Presidente y Director Ejecutivo de Enron, el gigante de la energía que quebró estrepitosamente a finales de 2001 y nosotros los dominicanos deberíamos revisar lo que ha pasado con este caso para tratar de aprender algunas lecciones.  

No podía denominarse de otra forma a una persona que en 1986 inició una modesta compañía en el sector energético, y ya a finales de los 90 tenía una compañía valorada en más de dos mil millones de dólares, con más de veinte mil empleados. Su “éxito” le permitió codearse con personas influyentes, jugar golf con Bill Clinton, ser amigo cercano de George W. Bush, que lo llamaba “Kenny boy”, donar importantes sumas a políticos de ambos partidos, pero sobre todo del Republicano. Contribuyó con US$300,000 a los gastos de inauguración del gobierno de su amigo Bush.

Una compañía que declaró beneficios por mil millones de dólares en el 2001, meses después tuvo que declararse en quiebra, con deudas acumuladas de más de treinta mil millones de dólares. Lay rápidamente renunció a sus posiciones para “facilitar” las investigaciones, pero salió con una fortuna personal cercana a los doscientos millones que u tili zaría para defenderse contratando los mejores abogados. La fortuna personal de Lay se incrementó en los últimos meses antes de la quiebra con la venta de sus acciones en Enron en momentos en que la compañía estaba técnicamente quebrada y el directorio de la misma estimulaba a sus veinte mil empleados a invertir comprando acciones de la misma. Esos empleados vieron reducir el valor de sus acciones de US$90.00  a unos pocos centavos, mientras Lay vendía antes de la debacle.  

Muchos señalaban que el dinero lo compra todo y que era muy difícil que una persona con la fortuna personal y las influencias políticas de Lay pudieran ser finalmente sometida a la justicia. Lay se ha pasado los últimos dos años gastando millones de dólares en abogados que pretendían obstaculizar el trabajo de un jurado investigador, que pacientemente fue recogiendo pruebas y finalmente en el mes de julio pasado terminó sometiendo a Lay acusado de once cargos criminales que pueden valerle hasta 175 años de prisión, y que incluyen fraude bancario, declaraciones falsas, estafas con acciones, engaño al público, a los accionistas y a las autoridades regulatorias. Pero Lay no es el primero que cae en este caso. Ya cerca de treinta ex funcionarios han sido sometidos y diez de ellos han sido condenados por manipulaciones financieras, por maquillar las finanzas de la empresa. De hecho, este caso se llevó del mapa a una de las principales compañías de auditores del mundo,  Arthur Andersen, que desapareció por su actuación cómplice en el caso.  

Los millones de Lay le ayudaron a dilatar la pesada rueda de la justicia, pero esta terminará aplastándolo de la misma forma en que él aplastó las esperanzas de miles de trabajadores con la pérdida de sus inversiones y hasta del fondo de pensiones de la empresa. Los que lean este artículo argumentarán que  la justicia norteamericana es distinta a la dominicana, para sepultar las esperanzas de acabar con la impunidad, pero la realidad es que lo único que se requiere son jueces y fiscales que se atrevan a ser distintos y una ciudadanía que los respalde.

Francisco Álvarez Valdez
Abogado

 
21 de agosto 2004