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La
Caída del Mesías
La
BBC de Londres u No
podía denominarse de otra forma a una persona que en 1986 inició una
modesta compañía en el sector energético, y ya a finales de los 90 tenía
una compañía valorada en más de dos mil millones de dólares, con más
de veinte mil empleados. Su “éxito” le permitió codearse con
personas influyentes, jugar golf con Bill Clinton, ser amigo cercano de
George W. Bush, que lo llamaba “Kenny boy”, donar importantes sumas a
políticos de ambos partidos, pero sobre todo del Republicano. Contribuyó
con US$300,000 a los gastos de inauguración del gobierno de su amigo
Bush. Una
compañía que declaró beneficios por mil millones de dólares en el
2001, meses después tuvo que declararse en quiebra, con deudas acumuladas
de más de treinta mil millones de dólares. Lay rápidamente renunció a
sus posiciones para “facilitar” las investigaciones, pero salió con
una fortuna personal cercana a los doscientos millones que u Muchos
señalaban que el dinero lo compra todo y que era muy difícil que una
persona con la fortuna personal y las influencias políticas de Lay
pudieran ser finalmente sometida a la justicia. Lay se ha pasado los últimos
dos años gastando millones de dólares en abogados que pretendían
obstaculizar el trabajo de un jurado investigador, que pacientemente fue
recogiendo pruebas y finalmente en el mes de julio pasado terminó
sometiendo a Lay acusado de once cargos criminales que pueden valerle
hasta 175 años de prisión, y que incluyen fraude bancario, declaraciones
falsas, estafas con acciones, engaño al público, a los accionistas y a
las autoridades regulatorias. Pero Lay no es el primero que cae en este
caso. Ya cerca de treinta ex funcionarios han sido sometidos y diez de
ellos han sido condenados por manipulaciones financieras, por maquillar
las finanzas de la empresa. De hecho, este caso se llevó del mapa a una
de las principales compañías de auditores del mundo,
Arthur Andersen, que desapareció por su actuación cómplice en el
caso. Los
millones de Lay le ayudaron a dilatar la pesada rueda de la justicia, pero
esta terminará aplastándolo de la misma forma en que él aplastó las
esperanzas de miles de trabajadores con la pérdida de sus inversiones y
hasta del fondo de pensiones de la empresa. Los que lean este artículo
argumentarán que la justicia
norteamericana es distinta a la dominicana, para sepultar las esperanzas
de acabar con la impunidad, pero la realidad es que lo único que se
requiere son jueces y fiscales que se atrevan a ser distintos y una
ciudadanía que los respalde. Francisco Álvarez Valdez
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