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La
oportunidad del general Jorge
Cela dijo que la Policía dominicana “es un cuerpo enfermo, corrompido y
muy deteriorado” (Hoy, 15-10-2001). Más o menos un año después la
doctora Aura Celeste Fernández me invitó a participar en un taller sobre
Dignidad Humana y la Policía, junto a gente de la sociedad civil, de la
Iglesia como Luis Rosario y Rogelio Cruz, y de la Policía entre los que
se encontraban la cabeza principal del Instituto de Dignidad Humana de la
institución, general Manuel de Jesús Pérez Sánchez. Mi
diagnóstico de la Policía era similar al de Cela. Había agentes que
disparaban primero y averiguaban después, y contaban con el apoyo de la
jefatura. Los métodos policiales de combate a la delincuencia no eran
efectivos, y en ocasiones los miembros de la institución tendían a
convertirse en aliados de la delincuencia. Sus métodos de enfrentar
la criminalidad eran ineficientes, responden con fuerza excesiva e
irrespetando los derechos humanos. La acusación de ser un cuerpo
totalmente corrompido y que no respeta su propia ley institucional era
generalizada. Creía
que el cuerpo policial dominicano conservaba la estructura de un organismo
de represión política del Estado. Esta estructura de carácter militar
la había heredado del trujillismo, y de los doce años del doctor
Balaguer. No ha existido sintonía entre los cambios operados en el orden
político y social, y la necesaria transformación de la policía. Los
"métodos de investigación y de interrogación" aplicados a los
comunistas, eran aplicados a los delincuentes. Simplemente se dio una
redefinición del "enemigo". En
aquel evento comencé a ver las cosas un tanto diferentes, y conocí a un
oficial policial, Pérez Sánchez, que no encajaba en el diagnóstico. Había
esperanzas, siempre y cuando policías como éste asumieran los puestos de
dirección, y en la sociedad civil se entendiera que la situación de la
Policía Nacional nos importa a todos y todas. La responsabilidad va desde
el Presidente como jefe máximo de la institución a los sectores económicos
que han apoyado a jefaturas represivas, a los diversos organismos
defensores de los derechos humanos, así como al ciudadano de cualquier
condición que en cualquier momento puede ser muerto por una bala perdida
o un error policial. A
finales de los 90 desde la Fijus, la doctora Murrielle Perraud elaboró
una serie de documento en los que se planteaba la necesidad de transformar
esta institución en una policía comunitaria, que además de sus labores
de mantener el orden, de prevenir y reprimir la criminalidad, ayude a la
comunidad en la solución de diversos tipos de problemas. Ruido,
conflictos entre vecinos, podrían muy bien solucionarse con la ayuda de
un policía con nociones básicas de derecho y sicología. Dicho agente
funcionaría como árbitro y las soluciones podrían surgir evitando que
cualquier caso termine ante el fiscal, el juez o en una desgracia. El
general Pérez Sánchez, alma del Instituto de Dignidad Humana, recién
nombrado jefe de la Policía Nacional, tiene la gran oportunidad de
dirigir el cambio de la institución, el cual es imposible sin el concurso
de todos los sectores. Una nueva policía es necesaria para la democracia,
hagámosla. Ramón Tejada Holguín 19
de agosto 2004 |