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Sin
argumentos Después
de la Revolución de Abril, y ante las dificultades para estudiar en el país,
se me presentó la oportunidad de salir al exterior para iniciar mis
estudios universitarios. En los años posteriores a la caída de la
Dictadura, decidí prepararme y orientar mi vida para colaborar en los
esfuerzos por la consolidación de la democracia y por un desarrollo económico
y social que proporcionara bienestar a las personas, empezando por los
menos favorecidos. Mis condiciones económicas no me permitían escoger dónde
estudiar, pues dependía de una beca. La beca que apareció fue para España,
donde estudié Ciencias Sociales, en el Instituto Social León XIII, y
Ciencias Políticas, en la Universidad Complutense, pues había decidido
cursar estudios que me permitieran colaborar en el compromiso que había
adquirido en la época de las luchas sociales y políticas, mientras
cursaba el bachillerato. Salí con el firme propósito de regresar,
permanecer en el país y poner mis conocimientos y esfuerzos a favor del
desarrollo del país y de sus personas. Y más con el hacer que con el
decir, he tratado de trasmitirle este compromiso a mis hijos. La
crisis de finales de los 80 e inicios de los 90 fue ocasión de poner a
prueba esta decisión. A causa de la crisis, más de un amigo y compañero
de afanes decidió buscar en otras tierras las oportunidades que aquí
desaparecían. El deterioro en el nivel de vida y las expectativas de que
no había soluciones a la situación del país en el corto plazo,
obligó a que me hiciera la pregunta en ese momento si era sensato
permanecer en el país. Posteriormente fueron los hijos, que ya tenían
edad y conciencia para hacerlo, quienes preguntaron, a su madre y a mí,
porqué decidimos volver al país y no quedarnos en España. Tuve
argumentos para justificar el regreso y la permanencia: era una situación
transitoria, los obstáculos aparecen para que sean superados, los que más
tenemos, en capacidades, somos los que tenemos que dar más, estábamos
pasando la “década perdida” y se iniciaba la recuperación. Además,
las próximas elecciones representaban una oportunidad para cambiar el
rumbo. Pese a las dificultades, confiaba que serían superadas y tenía fe
en el futuro. Hoy
nos encontramos en otra gran crisis. Esta vez mis hijos son ya
profesionales, construyendo su propia vida y la de sus familias, y hacen
similares cuestionamientos que los anteriores, pero ahora indicando su
disposición de buscar en el extranjero, no sólo un mejor presente sino,
sobre todo, las posibilidades de un mejor futuro. Y siento que no tengo ya
argumentos para pedirles que no se marchen. Es más, estoy en la disposición
de ayudarles si deciden hacerlo. En estos últimos años, decisiones,
acciones y omisiones de nuestros dirigentes me han hecho perder los
argumentos para justificar el regreso, la permanencia en el país, y
disuadir a los que quieren marcharse. Pienso que muchos padres de mi
generación están en la misma condición. Hubo
un Presidente que habiendo ejercido el gobierno por 24 años, manejado
cuantiosos recursos, concentrando gran poder y legitimidad, decidió no
invertir lo necesario en salud, educación y seguridad social. Gobiernos
se han sucedido al frente del Estado y los problemas continúan, agravados
algunos, por lo cual al final de cada período, la frustración y de
desesperanza se adueñan del
ánimo de la ciudadanía. La búsqueda del poder se ha transformado en un
fin: ejercerlo para beneficio de los que ganaron. A la administración pública
y a los altos cargos del Estado no van los más capacitados sino los
militantes del partido ganador, y dentro de ellos, sólo los más cercanos
al Presidente de la República. 20 años de impunidad, porque ningún
acusado de corrupción ha terminado en la cárcel, hacen dudar que los
autores de los recientes fraudes bancarios y las autoridades que
transformaron en pública esa deuda privada, con las consecuencias que
todos estamos pagando, sean debidamente sancionados. Los grandes
desfalcadores, públicos y privados, son considerados honorables, mientras
una justicia lenta permite la injusticia de seres humanos pagando una
condena por la que no han sido aún condenados. Una
inflación que ha reducido drásticamente nuestro poder adquisitivo,
prolongados y constantes apagones de los que las autoridades dicen que no
se hacen responsables, gastando más en subsidios que lo que se invierte
en educación y salud, buscando la aprobación de una reforma fiscal para
cubrir la irresponsabilidad gubernamental concretizada en un enorme déficit,
sin destinar ningún recurso a la inversión social, una seguridad social
que ve posponer, una y otra vez, programas fundamentales de servicios de
salud a los que siendo mayorías pocas veces los han tenido, son razones
suficientes para lamentarnos por el presente, estar seriamente preocupados
por el futuro y haber perdido los argumentos para justificar permanecer en
la tierra que nos vio nacer. Al
igual que otros padres, me he quedado sin argumentos ante mis hijos para
decirles que su futuro está en su país. Sin embargo, para no renunciar a
la utopía de un mejor país para todos sus habitantes, sustituiré el
dolor y la desilusión por la cólera, por que en las circunstancias en
las que nos encontramos, “la cólera es amiga de la esperanza”.
Rafael
Toribio 28
de julio 2004 |