EN TEORIA...
Rafael Toribio - 14 de julio 2004    

Según el diccionario de la Real Academia, una teoría es un conocimiento especulativo considerado con independencia de toda aplicación. Sin embargo, a pesar de que puede existir un distanciamiento entre explicación y aplicación a la realidad, siempre ha existido una preocupación por la correspondencia que debe existir entre la explicación que se pueda dar sobre un fenómeno y la realidad misma del fenómeno explicado. Se espera que exista un mínimo de coherencia entre la explicación y la realidad, de manera que lo afirmado en la teoría se compruebe en la práctica o, al menos, no sea desmentido por ésta. No obstante esta pretensión, a nivel popular se hace una clara diferencia entre teoría y práctica. Cuando se dice que eso es “en teoría” lo que popularmente se entiende es que se está afirmando que eso no es cierto. De igual manera se asume cuando alguien expresa que eso es “teóricamente” hablando. En este caso, tampoco se acepta lo expresado como verdadero. Pero donde más se evidencia la divergencia entre teoría y realidad es en el ámbito de la política. En la actividad política una cosa es la teoría, y una muy otra, la práctica. Aquí es normalmente aceptado, tanto por los políticos como por resto de la ciudadanía, que una cosa es lo que se proclama y otra lo que se hace. Que se puede defender una cosa, en un momento determinado y hacer otra, opuesta y hasta contradictoria, en otro, porque las circunstancias han cambiado y lo aconsejable entonces es dejar de ser coherente.  

En teoría, el poder político es considerado como un medio, nunca un fin en sí mismo. Es el medio a través del cual un partido político accede a la conducción del Estado para realizar el proyecto de Nación que ofertó en la campaña y que la ciudadanía respaldó con sus votos en las urnas. En la práctica vemos que lo que se entendía como medio se convierte en fin, con la intención de continuar en el poder por todo el tiempo que se le permita, aunque se haya olvidado la ejecución de lo prometido.  

En teoría, las autoridades electas, empezando por el Presidente de la República, son delegados de los ciudadanos para que en su nombre ejerzan el poder, durante un tiempo limitado, procurando el bien general de todos. Sin embargo, la realidad nos dice otra cosa: las autoridades electas suelen utilizar el poder para su beneficio particular y de quienes les ayudaron a ganar las elecciones  

En teoría, Senadores, Diputados, Síndicos y Regidores son representantes del pueblo que los eligió para que usen el poder delegado conferido en beneficio de los ciudadanos del territorio que representan. En la mayoría de los casos, el poder delegado se utiliza para beneficiar los intereses de grupos particulares, casi siempre contrarios a los de quienes los eligieron. De manera particular, el Congreso Nacional tiene la responsabilidad de transformar, mediante la función de articulación, los intereses particulares en decisiones colectivas que beneficien al Bien Común. Pero todos sabemos lo que sucede en la práctica.  

En teoría, las personas con las mejores condiciones deben ser las presentadas por los partidos políticos como candidatos a los cargos electivos y a los puestos por designación en la administración del Estado. En la práctica, las candidaturas recaen, no siempre en las personas con las mejores cualidades, sino en las que tienen mayor dominio de las estructuras partidarias, o pueden desarrollar estrategias de convencimiento eficientes frente a las bases partidarias que determinan las candidaturas. A su vez, la condición más valorada para ocupar un alto cargo en la administración del Estado no es la capacidad o la honestidad, sino haberse “fajado” en la campaña a favor de quién resultara electo Presidente de la República.  

En teoría, los partidos políticos tienen funciones esenciales que desempeñar en el sistema político, como son, entre otras, la articulación de intereses y la formación de los cuadros directivos del Estado. En la práctica vemos que el desempeño deficiente de éstas, y otras importantes funciones, ha provocado la llamada crisis de los partidos políticos, restándoles credibilidad y legitimidad. También en teoría cada partido político debiera representar un proyecto de Nación diferente, que trata de hacer realidad desde la administración del Estado. Ahora, en la práctica, las diferencias entre los partidos es sólo programática, no ideológica, y en el ejercicio del poder, todos parecen iguales.  

En teoría, la política, al decir de Juán Pablo Duarte, era la ciencia que debía ocupar las mentes más privilegiadas, por tener como contenido fundamental procurar el bienestar material y espiritual de las personas. En la práctica, se ha vaciado de este contenido fundamental y justificatorio, produciendo el descontento de la ciudadanía por la política y por los políticos.

Con sobrada razón nuestro pueblo sabe diferenciar que una cosa es la teoría y otra la práctica.

Rafael Toribio
(rtoribio@intec.edu.do
)

14 de julio 2004