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EN
TEORIA... Según
el diccionario de la Real Academia, una teoría es un conocimiento
especulativo considerado con independencia de toda aplicación. Sin
embargo, a pesar de que puede existir un distanciamiento entre explicación
y aplicación a la realidad, siempre ha existido una preocupación por la
correspondencia que debe existir entre la explicación que se pueda dar
sobre un fenómeno y la realidad misma del fenómeno explicado. Se espera
que exista un mínimo de coherencia entre la explicación y la realidad,
de manera que lo afirmado en la teoría se compruebe en la práctica o, al
menos, no sea desmentido por ésta. No obstante esta pretensión, a nivel
popular se hace una clara diferencia entre teoría y práctica. Cuando se
dice que eso es “en teoría” lo que popularmente se entiende es que se
está afirmando que eso no es cierto. De igual manera se asume cuando
alguien expresa que eso es “teóricamente” hablando. En este caso,
tampoco se acepta lo expresado como verdadero. Pero donde más se
evidencia la divergencia entre teoría y realidad es en el ámbito de la
política. En la actividad política una cosa es la teoría, y una muy
otra, la práctica. Aquí es normalmente aceptado, tanto por los políticos
como por resto de la ciudadanía, que una cosa es lo que se proclama y
otra lo que se hace. Que se puede defender una cosa, en un momento
determinado y hacer otra, opuesta y hasta contradictoria, en otro, porque
las circunstancias han cambiado y lo aconsejable entonces es dejar de ser
coherente. En
teoría, el poder político es considerado como un medio, nunca un fin en
sí mismo. Es el medio a través del cual un partido político accede a la
conducción del Estado para realizar el proyecto de Nación que ofertó en
la campaña y que la ciudadanía respaldó con sus votos en las urnas. En
la práctica vemos que lo que se entendía como medio se convierte en fin,
con la intención de continuar en el poder por todo el tiempo que se le
permita, aunque se haya olvidado la ejecución de lo prometido. En
teoría, las autoridades electas, empezando por el Presidente de la República,
son delegados de los ciudadanos para que en su nombre ejerzan el poder,
durante un tiempo limitado, procurando el bien general de todos. Sin
embargo, la realidad nos dice otra cosa: las autoridades electas suelen
utilizar el poder para su beneficio particular y de quienes les ayudaron a
ganar las elecciones En
teoría, Senadores, Diputados, Síndicos y Regidores son representantes
del pueblo que los eligió para que usen el poder delegado conferido en
beneficio de los ciudadanos del territorio que representan. En la mayoría
de los casos, el poder delegado se utiliza para beneficiar los intereses
de grupos particulares, casi siempre contrarios a los de quienes los
eligieron. De manera particular, el Congreso Nacional tiene la
responsabilidad de transformar, mediante la función de articulación, los
intereses particulares en decisiones colectivas que beneficien al Bien Común.
Pero todos sabemos lo que sucede en la práctica. En
teoría, las personas con las mejores condiciones deben ser las
presentadas por los partidos políticos como candidatos a los cargos
electivos y a los puestos por designación en la administración del
Estado. En la práctica, las candidaturas recaen, no siempre en las
personas con las mejores cualidades, sino en las que tienen mayor dominio
de las estructuras partidarias, o pueden desarrollar estrategias de
convencimiento eficientes frente a las bases partidarias que determinan
las candidaturas. A su vez, la condición más valorada para ocupar un
alto cargo en la administración del Estado no es la capacidad o la
honestidad, sino haberse “fajado” en la campaña a favor de quién
resultara electo Presidente de la República. En
teoría, los partidos políticos tienen funciones esenciales que desempeñar
en el sistema político, como son, entre otras, la articulación de
intereses y la formación de los cuadros directivos del Estado. En la práctica
vemos que el desempeño deficiente de éstas, y otras importantes
funciones, ha provocado la llamada crisis de los partidos políticos, restándoles
credibilidad y legitimidad. También en teoría cada partido político
debiera representar un proyecto de Nación diferente, que trata de hacer
realidad desde la administración del Estado. Ahora, en la práctica, las
diferencias entre los partidos es sólo programática, no ideológica, y
en el ejercicio del poder, todos parecen iguales. En
teoría, la política, al decir de Juán Pablo Duarte, era la ciencia que
debía ocupar las mentes más privilegiadas, por tener como contenido
fundamental procurar el bienestar material y espiritual de las personas.
En la práctica, se ha vaciado de este contenido fundamental y
justificatorio, produciendo el descontento de la ciudadanía por la política
y por los políticos. Con
sobrada razón nuestro pueblo sabe diferenciar que una cosa es la teoría
y otra la práctica.
Rafael
Toribio 14
de julio 2004 |