LA TRANSICION: OTRA OPORTUNIDAD
Rafael Toribio - 16 de junio 2004

Parece haber un amplio consenso en considerar que el período entre la definición de la candidatura presidencial y la toma de posesión es demasiado largo, sobre todo cuando el ganador se ha definido en la primera vuelta electoral, como ocurrió en las elecciones recién pasadas. Se hace más largo aún cuando el que triunfa es un partido de la oposición. Pero además de lo extenso, lo que de por sí representa un inconveniente, lo que más preocupa es lo que suele ocurrir en cada período de transición. Lo normal es que decisiones necesarias, pero que se han pospuesto porque tienen un alto costo político, se les dejen como responsabilidad de las nuevas autoridades. Las decisiones que suelen tomarse son las que convienen al grupo que es desplazado, o que puedan crearles algunas dificultades a los entrantes. Se aprueban leyes pensando más en los inconvenientes que pueden representar para las autoridades electas que por su pertinencia a los intereses de la Nación. Los gobiernos salientes, aún habiendo creado una comisión de transición, se muestran partidarios del título de aquel famoso merengue que señala “el que venga atrás, que arree”.

El Presidente Mejía, pese a las advertencias, consejos y datos de la realidad que le manifestaban lo arriesgado y temerario de la reelección, acogió la iniciativa presentada por el PPH y persistió en la búsqueda de un nuevo período, y todos sabemos el resultado: una aplastante derrota. Por acoger la reelección primero, y ser derrotado luego,  Hipólito Mejía ha puesto en grave riesgo su liderazgo político: desaprovechó la gran oportunidad de jugar un rol determinante en quien fuera candidato o candidata del PRD; haber contribuido a un mejor desempeño electoral, incluyendo un eventual triunfo, o forzado a una segunda vuelta, pues no hubiera tenido que tomar algunas dediciones que contribuyeron a la derrota; mantener una ascendencia dentro de su partido y ser referencia en la política nacional. Esto y mucho más pudo haberlo lograrlo con solo haberse mantenido fiel a lo que había defendido. Si se hubiese mantenido firme en el rechazo de la reelección, hoy seguiría siendo un hombre de palabra y recibiría el reconocimiento de sus partidarios, de sus adversarios y de toda la comunidad nacional. Pero prefirió arriesgarse a la posibilidad de la derrota, cuando todo indicaba que se produciría, y no a la victoria segura que obtendría con solamente haber mantenido la coherencia con lo que antes  había rechazado.

En el período de transición el Presidente Mejía tiene una nueva oportunidad para recuperar la consideración, el aprecio y la distinción que siempre recibió, antes de embarcarse en la búsqueda de un nuevo mandato y perder las elecciones. La percepción de la ciudadanía sobre el Presidente saliente se vería notablemente mejorada si hace de la transición una oportunidad para la grandeza. Ya dio algunos pasos en esa dirección. Reconoció su derrota y felicitó al candidato triunfador a pocas horas de haberse concluida la votación, creo una comisión de transición, e impartió órdenes para que el proceso se realizara de forma transparente. Quedan, sin embargo, otras decisiones y acciones que de tomarse y ejecutarse contribuirían a que el Presidente Mejía fuera recordado como un Presidente atípico por haber hecho lo que tenía que hacer y que otros se han negado a hacer, acercándose más a la imagen de un estadista que a la de un Presidente que prefiere ser pequeño y no grande en la derrota. Si el Presidente Mejía cumple con los compromisos del Estado,  enfrenta y resuelve los problemas que su administración tiene pendientes, promueve la aprobación de leyes que representan avances importantes en la consolidación de la democracia y el desarrollo integral de las personas, impide que algunos de sus colaboradores quieran aprovechar estos últimos momentos para lograr beneficios personales a los que no tienen derecho y busca espacios para la colaboración en vez de la confrontación con el nuevo gobierno, será recordado como alguien que supo ponerse por encima de las mezquindades. La derrota en las elecciones puede transformarse en una contundente victoria en la transición. Es una oportunidad que debe ser aprovechada.  

Rafael Toribio
(rtoribio@intec.edu.do
)

16 de junio 2004