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LA
TRANSICION: OTRA OPORTUNIDAD Parece
haber un amplio consenso en considerar que el período entre la definición
de la candidatura presidencial y la toma de posesión es demasiado largo,
sobre todo cuando el ganador se ha definido en la primera vuelta
electoral, como ocurrió en las elecciones recién pasadas. Se hace más
largo aún cuando el que triunfa es un partido de la oposición. Pero además
de lo extenso, lo que de por sí representa un inconveniente, lo que más
preocupa es lo que suele ocurrir en cada período de transición. Lo
normal es que decisiones necesarias, pero que se han pospuesto porque
tienen un alto costo político, se les dejen como responsabilidad de las
nuevas autoridades. Las decisiones que suelen tomarse son las que
convienen al grupo que es desplazado, o que puedan crearles algunas
dificultades a los entrantes. Se aprueban leyes pensando más en los
inconvenientes que pueden representar para las autoridades electas que por
su pertinencia a los intereses de la Nación. Los gobiernos salientes, aún
habiendo creado una comisión de transición, se muestran partidarios del
título de aquel famoso merengue que señala “el que venga atrás, que
arree”. El
Presidente Mejía, pese a las advertencias, consejos y datos de la
realidad que le manifestaban lo arriesgado y temerario de la reelección,
acogió la iniciativa presentada por el PPH y persistió en la búsqueda
de un nuevo período, y todos sabemos el resultado: una aplastante derrota.
Por acoger la reelección primero, y ser derrotado luego,
Hipólito Mejía ha puesto en grave riesgo su liderazgo político:
desaprovechó la gran oportunidad de jugar un rol determinante en quien
fuera candidato o candidata del PRD; haber contribuido a un mejor desempeño
electoral, incluyendo un eventual triunfo, o forzado a una segunda vuelta,
pues no hubiera tenido que tomar algunas dediciones que contribuyeron a la
derrota; mantener una ascendencia dentro de su partido y ser referencia en
la política nacional. Esto y mucho más pudo haberlo lograrlo con solo
haberse mantenido fiel a lo que había defendido. Si se hubiese mantenido
firme en el rechazo de la reelección, hoy seguiría siendo un hombre de
palabra y recibiría el reconocimiento de sus partidarios, de sus
adversarios y de toda la comunidad nacional. Pero prefirió arriesgarse a
la posibilidad de la derrota, cuando todo indicaba que se produciría, y
no a la victoria segura que obtendría con solamente haber mantenido la
coherencia con lo que antes había
rechazado. En
el período de transición el Presidente Mejía tiene una nueva
oportunidad para recuperar la consideración, el aprecio y la distinción
que siempre recibió, antes de embarcarse en la búsqueda de un nuevo
mandato y perder las elecciones. La percepción de la ciudadanía sobre el
Presidente saliente se vería notablemente mejorada si hace de la transición
una oportunidad para la grandeza. Ya dio algunos pasos en esa dirección.
Reconoció su derrota y felicitó al candidato triunfador a pocas horas de
haberse concluida la votación, creo una comisión de transición, e
impartió órdenes para que el proceso se realizara de forma transparente.
Quedan, sin embargo, otras decisiones y acciones que de tomarse y
ejecutarse contribuirían a que el Presidente Mejía fuera recordado como
un Presidente atípico por haber hecho lo que tenía que hacer y que otros
se han negado a hacer, acercándose más a la imagen de un estadista que a
la de un Presidente que prefiere ser pequeño y no grande en la derrota.
Si el Presidente Mejía cumple con los compromisos del Estado,
enfrenta y resuelve los problemas que su administración tiene
pendientes, promueve la aprobación de leyes que representan avances
importantes en la consolidación de la democracia y el desarrollo integral
de las personas, impide que algunos de sus colaboradores quieran
aprovechar estos últimos momentos para lograr beneficios personales a los
que no tienen derecho y busca espacios para la colaboración en vez de la
confrontación con el nuevo gobierno, será recordado como alguien que
supo ponerse por encima de las mezquindades. La derrota en las elecciones
puede transformarse en una contundente victoria en la transición. Es una
oportunidad que debe ser aprovechada.
Rafael
Toribio 16
de junio 2004 |