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JUSTICIA Desde esta columna no deseamos vulnerar el sagrado
principio de presunción de inocencia que debe favorecer a toda persona
hasta tanto no exista en su contra una sentencia definitiva con autoridad
de la cosa irrevocablemente juzgada. Pero tampoco queremos ser tan
ingenuos con el tema de la impunidad como pretenden algunos que sea todo
el pueblo. Participación Ciudadana publicó recientemente un trabajo
de investigación que daba cuenta de que en 20 años la Justicia del
pasado y la Justicia del presente no ha sido capaz de sancionar a un solo
corrupto, ni del sector público ni mucho menos del sector privado. Tal
vez esa ha sido la razón más poderosa que ha estimulado la ocurrencia de
casos que seguirán generando estupor por los siglos de los siglos, por lo
menos en personas con un poco de conciencia. Mientras más grande es el caso de corrupción menos
confianza tiene la gente en que la justicia dominicana actuará
correctamente. Mientras más influyente, política o económicamente, sea
la gente involucrada, menos seguridades tiene el país de que los procesos
judiciales podrán avanzar hasta su conclusión con una sanción para los
reales responsables. Cuando una persona pierde la vida por herida de bala,
existe el dato frío e imposible de ocultar del daño producido: la muerte
de la persona. Podrá conjeturarse sobre quién o quiénes podrían ser
los responsables, pero jamás negar la existencia de la violación a la
ley penal. En materia de
corrupción nos ha pasado que pretendemos pasar por alto el hecho frío,
invencible, incontestable del perjuicio sufrido por la sociedad con
determinados casos, como si el perjuicio no existiese. Nadie es
responsable de tales hechos. Si en este país se dieron las condiciones para que el
Estado tuviera que asumir responsabilidad por más de cien mil millones de
pesos que se perdieron estando en manos privadas, eso significa un
perjuicio para el Estado por ese mismo monto. En otras palabras, los
dominicanos y dominicanas de todas las edades y condiciones deberán pagar
por el dinero perdido. El hecho frío del perjuicio está ahí, a la vista
de todos. Las consecuencias se sienten cada día en todos los hogares del
país y se seguirán sintiendo por muchos años. Es perfectamente
admisible que cualquiera de los acusados alegue su inocencia y realice
todos los esfuerzos serios porque esa inocencia sea establecida por el
tribunal. Pero es absolutamente inadmisible que se pretenda que nadie es
responsable de hechos tangibles que han dañado seriamente a esta sociedad.
Existen responsables tanto dentro del sector privado como
dentro del sector público. Es responsabilidad principal del ministerio público
y de los jueces de instrucción realizar todas las investigaciones
necesarias que permitan identificar a los verdaderos responsables para que
sean ejemplarmente sancionados. Si se determina de manera fehaciente que
las personas originalmente implicadas no son responsables, todavía habría
que despejar la interrogante de cuáles son los responsables. No se puede
pretender que el hecho no existe. Tampoco podemos delimitar ciertos casos de manera muy
conveniente a ciertos acusados favoritos. Un ejemplo es el caso de la
Lotería Nacional. Luego de más de seis años de instrucción el
resultado fue muy conveniente para los verdaderos responsables: el único
responsable lo fue un extranjero inalcanzable para la justicia dominicana.
Esa decisión no sólo confirmó el escepticismo de la ciudadanía con
respecto al papel de los
jueces sino también el de los que conocen el oficio pues hasta hubo
necesidad de crear nuevos elementos constitutivos para tipificar la
asociación de malhechores para poder sustentar la decisión. Y no cabe
dudas de que el extranjero es realmente responsable, como tampoco nadie
tiene dudas de que no es el único responsable. Con los casos de los bancos quebrados que se encuentran en
manos de la justicia no se puede pretender que nadie es responsable como
tampoco que los responsables de fraudes que sobrepasaron los cien mil
millones de pesos son responsabilidad exclusiva de dos o tres personas. La
decisión del magistrado Sánchez Ortiz, buena para los favorecidos con el
no ha lugar y mala para los que fueron enviados a juicio criminal, no
contribuye a generar confianza en la justicia. Por el contrario, la
devuelve al pasado oscuro del que tal vez nunca realmente hemos salido. Francisco Álvarez Valdez
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