Asi no
Rafael Toribio - 10 de julio 2003
 

Anteriores y recientes gobiernos y funcionarios han evidenciado, de forma reiterada, una práctica tan preocupante como peligrosa. Es su constante violación de la ley, incluyendo la propia Constitución de la República. Aunque todo alto funcionario de la Nación al tomar posesión del cargo jura cumplir y hacer la ley, hay sobradas pruebas de que les cuesta observarla, razón por la cual la violan cuando estiman que es necesario hacerlo. Aparte del juramento hecho, en la democracia se supone que toda ley representa el mayor de los consensos por haber sido aprobada, después de largos debates y búsqueda de acuerdos, en algunos casos, por los representantes directos del propio pueblo. Sin embargo, esto tampoco es obstáculo para violarla.

En muchas ocasiones parece que se aprueba y se promulga una ley con la intención de no observarla. Ahí está el caso del Presupuesto General de la Nación. A los distintos Departamentos de la Administración Pública no se le entregan los recursos que fueron aprobados por el Congreso, sino los que el Poder Ejecutivo considera adecuados. Igual pasa cuando mediante una ley aprobada por el Congreso, y promulgada por el Ejecutivo, se consagra un porcentaje del presupuesto para una determinada Secretaría de Estado, de Educación, por ejemplo, y el mismo Congreso que aprobó esa disposición la viola asignando un porcentaje menor en el siguiente presupuesto. El 5% de la UASD, que nunca fue respetado, se repite ahora cuando a la Secretaría de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, se le asigna en el presupuesto nacional una cantidad menor de la establecida en la ley que la creara.

La violación más reciente y de mayor trascendencia a la ley fue la realizada por las autoridades del Banco Central que, apartándose conscientemente del mandato de la Ley Monetaria y Financiera transformaron en deuda pública una inmensa deuda privada, comprometiendo con ello el futuro de toda la población. La última de las violaciones, esta vez a la propia Constitución de la República, fue el establecimiento, por Decreto del Poder Ejecutivo, de un impuesto, atribución conferida constitucionalmente al Congreso. Hace más penosa esta violación la argumentación de dos altos funcionarios del gobierno para tratar de justificarla. Ambos reconocen que la acción del Ejecutivo es ilegal, pero aducen la transitoriedad del impuesto y que la urgencia que tiene el gobierno de recibir estos ingresos no recomendaba que se siguiera lo que estipula la Constitución, pues los debates en el Congreso retrasarían su aprobación. Es lamentable, además, que el Fondo Monetario Internacional y los otros organismos de cooperación financiera que lo acompañan en la asistencia al gobierno dominicano hayan aceptado esta violación a la Constitución, cuando en otros casos reclaman el apego a la legalidad y al “buen gobierno”.  

Y esta nueva violación del ordenamiento jurídico, incluyendo esta vez la Constitución, ocurre cuando la situación en la que se encuentra el país se debe, en gran parte, a la falta de confianza en el gobierno. El desconocimiento de la ley y de la Constitución lo que produce es un aumento de la desconfianza, no su disminución.

 
10 de julio 2003