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Fondo
y Forma La experiencia nos enseña
que entre forma y fondo existe una relación mucho más estrecha de la que
estamos dispuestos a aceptar. La manera como nos manejamos y nos
expresamos dan cuenta de nuestros sentimientos más profundos y de
nuestras creencias más arraigadas. La forma expresa lo que en el fondo
sentimos. Si no fuera así, utilizáramos otras formas; la que utilizamos
es la que mejor se aviene a lo que somos. Del mismo modo, nuestros
sentimientos y creencias determinan las formas en que las expresamos. Por
eso hay fondos que remiten a determinadas formas. El ejercicio del poder político, sobre todo el poder máximo
del Estado, es uno de ellos. Este importante poder está rodeado en su
ejercicio de unas normas, extremadas a veces por algunos gobernantes, que
la sociedad ha aceptado y que espera sean respetadas por toda persona que
llegue a detentarlo. Sin embargo, también espera que todo gobernante
tanga e imponga un sello personal, de manera que la forma en que lo
desempeñe refleje sus sentimientos, valores y actitudes más profundos.
En los últimos años hemos visto distintos estilos de ejercer el poder
político desde la Presidencia de la República, que no son otra cosa que
distintas formas que, a su vez., reflejan distintas valoraciones
personales de quienes lo han ejercido. Frente a esos distintos estilos, parece
conveniente hacer algunas distinciones y precisiones. Hemos visto que en ocasiones se ha preferido aparecer como
gobernador en vez de
gobernante. Las funciones de orientación y motivación, por el despliegue
del liderazgo inherente al cargo, toman la forma de un mandamás,
que lo asemejan más a un capataz. Las urgencias, o las valoraciones
personales, hacen que se prefiera mandar u ordenar antes que conducir. De
manera similar, al momento de enfrentar alguna situación, o tomar una
decisión necesaria, muchas veces se ha optado por la imposición que
confiere el poder, el desconocimiento del mérito de una propuesta o la
descalificación del proponente. Se ha hecho difícil ejercer la autoridad
sin autoritarismo. En el ejercicio del poder, el gobernante tiene que ser
oportuno y eficaz para enfrentar adecuadamente una situación. Son
momentos en que se requiere ser valiente con lucidez y
no temerario por ignorancia.. La temeridad suele transformarse en el lado negativo de la valentía y
aconsejar a tomar riesgos innecesarios. Por eso, ante decisiones
presentadas como valientes es bueno preguntarse en que medida son
productos de la temeridad o la ignorancia. Tampoco debemos confundir
hablar claro y espontáneo con el primitivismo, la agresión y la falta de
cortesía. Todo se puede decir, pero hay que escoger la manera de hacerlo
para que la consideración y la dignidad de la persona no sea lesionada.
Por eso es tan importante en todo gobernante la oportunidad en que toma
una decisión o la ejecuta, y la forma de hacerlo. Además, la prudencia
que debe acompañar a todo líder y conductor, reclama la importancia, en
ocasiones, del silencio sobre la palabra inoportuna. Quizás por éstas razones es que Don Quijote aconseja a
Sancho de esta manera cuando va a gobernar: préciate más de ser humilde
virtuoso, que pecador soberbio... Al que haz de castigar con obras, no
maltrates con palabras.... |