Fondo y Forma
Rafael Toribio - 03 de julio 2003
 

La experiencia nos enseña que entre forma y fondo existe una relación mucho más estrecha de la que estamos dispuestos a aceptar. La manera como nos manejamos y nos expresamos dan cuenta de nuestros sentimientos más profundos y de nuestras creencias más arraigadas. La forma expresa lo que en el fondo sentimos. Si no fuera así, utilizáramos otras formas; la que utilizamos es la que mejor se aviene a lo que somos. Del mismo modo, nuestros sentimientos y creencias determinan las formas en que las expresamos. Por eso hay fondos que remiten a determinadas formas.  

El ejercicio del poder político, sobre todo el poder máximo del Estado, es uno de ellos. Este importante poder está rodeado en su ejercicio de unas normas, extremadas a veces por algunos gobernantes, que la sociedad ha aceptado y que espera sean respetadas por toda persona que llegue a detentarlo. Sin embargo, también espera que todo gobernante tanga e imponga un sello personal, de manera que la forma en que lo desempeñe refleje sus sentimientos, valores y actitudes más profundos. En los últimos años hemos visto distintos estilos de ejercer el poder político desde la Presidencia de la República, que no son otra cosa que distintas formas que, a su vez., reflejan distintas valoraciones personales de quienes lo  han ejercido. Frente a esos distintos estilos, parece conveniente hacer algunas distinciones y precisiones.  

Hemos visto que en ocasiones se ha preferido aparecer como gobernador  en vez de gobernante. Las funciones de orientación y motivación, por el despliegue  del liderazgo inherente al cargo, toman la forma de un mandamás, que lo asemejan más a un capataz. Las urgencias, o las valoraciones personales, hacen que se prefiera mandar u ordenar antes que conducir. De manera similar, al momento de enfrentar alguna situación, o tomar una decisión necesaria, muchas veces se ha optado por la imposición que confiere el poder, el desconocimiento del mérito de una propuesta o la descalificación del proponente. Se ha hecho difícil ejercer la autoridad sin autoritarismo.  

En el ejercicio del poder, el gobernante tiene que ser oportuno y eficaz para enfrentar adecuadamente una situación. Son momentos en que se requiere ser valiente con lucidez y  no temerario por ignorancia.. La temeridad  suele transformarse en el lado negativo de la valentía y aconsejar a tomar riesgos innecesarios. Por eso, ante decisiones presentadas como valientes es bueno preguntarse en que medida son productos de la temeridad o la ignorancia. Tampoco debemos confundir hablar claro y espontáneo con el primitivismo, la agresión y la falta de cortesía. Todo se puede decir, pero hay que escoger la manera de hacerlo para que la consideración y la dignidad de la persona no sea lesionada. Por eso es tan importante en todo gobernante la oportunidad en que toma una decisión o la ejecuta, y la forma de hacerlo. Además, la prudencia que debe acompañar a todo líder y conductor, reclama la importancia, en ocasiones, del silencio sobre la palabra inoportuna.

Quizás por éstas razones es que Don Quijote aconseja a Sancho de esta manera cuando va a gobernar: préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio... Al que haz de castigar con obras, no maltrates con palabras....

 
03 de julio 2003