Relanzar el Gobierno
Fausto Rosario - 30 de noviembre 2002   

El 2002 está llegando a su fin y el presidente Hipólito Mejía y su gabinete, pese al resultado del proceso electoral de mayo pasado, no logra relanzar el Gobierno. El manejo oficial ha sido sortear la crisis política y económica, en una posición defensiva que dista mucho de las estrategias que le dieron el triunfo electoral.

Este ha sido un año pésimo para el sector público, que vio aumentar extraordinariamente sus gastos, que debió reducir al mínimo las inversiones públicas, que permitió el deslizamiento de la tasa de cambio a niveles pocas veces vistos en la historia reciente, y que redujo al mínimo las reservas monetarias del Banco Central.

Pese al crecimiento de la economía, registrado por el Banco Central, y a que el turismo y las remesas ofrecen signos alentadores, el presidente debió tomar decisiones que contradicen seriamente la bondad de las políticas de estabilidad macroeconómica: Se eliminaron los subsidios del gas propano y de la electricidad, y se transfirió a los consumidores eléctricos la devaluación del peso y la inflación, aparte de que se aumentó cerca del 40 por ciento el precio de la energía. Los combustibles aumentaron durante casi todo el año y la inflación podría quedar por encima de los dos dígitos.

Claro que el cheque externo explica muchas de las limitaciones internas. Y si nos comparamos con economías parecidas podríamos tener algún consuelo. El Banco Interamericano de Desarrollo ha dado informaciones alentadoras sobre la economía dominicana. Pero durante este año utilizamos los 500 millones de bonos soberanos, aumentamos el endeudamiento externo, aumentamos las recaudaciones y tenemos en carpeta la emisión de bonos por 600 millones de dólares más, y no le hemos dado solución a ningún problema fundamental de la sociedad, ni tenemos coherencia para ello.

En el plano político el Gobierno ha tenido muchos desaciertos. La permanencia del PPH, su fuerza interna en el PRD, ha sido un veneno para la coherencia entre los perredeístas. Una consecuencia directa de ello ha sido la persistencia de la amenaza reeleccionista, pese a la reiteración del presidente Mejía, de que no le interesa volver. Pero se restableció la reelección presidencial en una reforma constitucional cuestionable éticamente para el PRD.

Se ratificó la Junta Central Electoral y el país ha debido dedicarle demasiado tiempo, especialmente el Gobierno, a restablecer la credibilidad política en sus instituciones. Nuevamente hemos tenido que recurrir a modificar la Ley Electoral para resolver una crisis coyuntural, mientras la corrupción encuentra el camino abierto para socavar la base de la institucionalidad democrática.

Si alguien ha perdido credibilidad, consistencia y coherencia ha sido el Gobierno en todas las diatribas que hemos tenido sobre el tema de la corrupción, incluyendo el Peme, los ayudantes civiles del presidente involucrados en crímenes y delitos, el caso Pepe Goico, el uso de aviones privados para transportar drogas a Estados Unidos, los cónsules traficando con ciudadanos de otros países y con drogas y las contradicciones e incoherencias entre la cabeza del Ministerio Público, la Procuraduría General de la República, y la Fiscalía del Distrito Nacional.

El presidente Hipólito Mejía ha demostrado que es una persona que se resiste a las sustituciones en su gabinete. La precampaña en todos los partidos ha comenzado, y esta es tal vez la posibilidad que tiene el presidente para hacer los primeros cambios en su Gobierno, y de ese modo tratar de relanzar su propuesta. El tiempo se le va agotando, y si pierde la oportunidad del inicio del nuevo año, será poco lo rescatable de todas las promesas que hizo Hipólito Mejía.

 

30 de noviembre 2002