Lo que necesitamos
Rafael Toribio - 03 de noviembre 2002

Presenciamos cada vez con mayor frecuencia, en personas pertenecientes a distintos sectores de la sociedad, y en algunas organizaciones, mutaciones en los pareceres otrora defendidos con firmeza; la renuncia a posiciones mantenidas por mucho tiempo; desdecirse, aceptando o aprobando lo que antes se había rechazado, o manteniendo un silencio cómplice cuando las circunstancias reclaman hacer sentir la voz para decir la verdad, denunciar travesuras o incoherencias. Estamos viendo como una práctica cada día mas generalizada decir una cosa y hacer otra, defender principios que son abandonados cuando las circunstancias aconsejan olvidarlos o renunciar a ellos. Hemos visto también personas que dicen ser honorables  demostrando luego  que lo son sólo  para algunas cosas.  

Como país en vía de desarrollo, en medio de las oportunidades y las amenazas de la globalización, necesitamos muchas cosas para beneficiarnos de estos cambios y no solo padecer sus consecuencias negativas. Hay que mantener la estabilidad macroeconómica y la política, lograr un crecimiento económico sostenido y transformarlo en desarrollo; un mayor y mejor gasto social; una democracia mas participativa y el fortalecimiento de la gobernabilidad, entre otras cosas. Pero necesitamos también un comportamiento diferente de las personas, sobre todo de aquellas que por la posición desempeñada educan con el ejemplo, así como de las instituciones con mayor incidencia en el acontecer nacional. 

Nuestras necesidades son múltiples y algunas de importancia trascendente. Estas, además de esa importancia, son también urgentes. 

Necesitamos intelectuales comprometidos con la verdad que no alquilen o vendan su pluma y que no se desdigan o enmudezcan cuando el poder le ofrezca una oportunidad o lo interpele por haber externado unas consideraciones catalogadas como crítica sin fundamento.

Necesitamos mas comunicadores sociales que asuman y desempeñen la responsabilidad de educar, no de embrutecer, de elevar la condición del dominicano, no de ridiculizarla. Comunicadores que creen opinión pública con apego a la verdad y no simples defensores de quienes son los dueños de los medios donde trabajan, o donde puedan trabajar.

Necesitamos personas que le importe, y mucho, lo que los demás piensen de ellas, que busquen el reconocimiento público por lo que son, no por lo que tienen o por el cargo que desempeñan.

Necesitamos hombres y mujeres honorables por lo que hacen, no por lo dicen y que con la misma honorabilidad con la que aceptan un cargo de gran responsabilidad lo abandonen sin querer justificar a toda costa la necesidad de  permanecer en él.

Necesitamos personas dispuestas a poner la moralidad por encima de la legalidad, y la ética como algo superior al derecho, y que se resistan a tener que doblarse o doblegarse como el bambú, sin quebrarse. 

Necesitamos que la administración pública  esté servida por funcionarios al servicio del Estado, no por funcionarios del partido que ganó las elecciones ni, mucho menos, por los miembros de una tendencia mayoritaria dentro de ese partido.

Necesitamos funcionarios públicos que prefieran los técnicos capacitados que encuentra en el departamento de la administración pública en que lo nombraron, en vez de sus compañeros de partido que no tienen otra calificación que las horas invertidas en el caravaneo o bandereo, por considerar que con los primeros puede hacer una buena gestión y con los segundos tiene asegurado el fracaso.

Necesitamos representantes que una vez elegidos no se quieran alzar con el santo y la limosna, que estén conscientes de que recibieron un mandato para que actúen en nuestro nombre en el marco de la legalidad y la legitimidad democráticas, que la representación no es un mandato para tomar decisiones que nos afectan a todos sin consultarnos y que nos deben rendir cuentas, no en las próximas elecciones, sino de manera periódica.

Necesitamos partidos políticos que cumplan a cabalidad las esenciales funciones que tienen asignadas en el sistema político y que no se empeñen  en contribuir con actuaciones reiteradas a la pérdida de su legitimidad y credibilidad, aumentando su descrédito, porque las recientes experiencias nos enseñan que a menos partidos políticos no ha habido mas democracia. Necesitamos también que esos partidos políticos no den la impresión de ser sólo maquinarias electorales para llegar al poder y ejercerlo en beneficio de sus dirigentes y de sus militantes. 

Necesitamos desarrollar en los ciudadanos una conciencia de que lo público, lo del Estado, es algo que también  es nuestro. La exclusión  de amplios sectores de la sociedad de los beneficios de la democracia participativa y de los bienes y servicios socialmente producidos, ha hecho que lo público se considere que es de otros, no de nosotros, por lo pensamos que cuando se le sustrae algo al Estado, sean  recursos económicos o calidad en los bienes y servicios que provee, a nosotros en nada nos afecta.

Necesitamos una democracia que se justifique porque se hace mas eficiente y porque se hace mas democrática al ser mas participativa. El ciudadano debe apreciar  y sentir los beneficios de una democracia política y de una democracia social.

 

Necesitamos una sociedad civil que no se presente como alternativa a los partidos políticos sino como complementaria a los mismos, que se preocupe por el fortalecimiento de los partidos, no por su debilitamiento, y que se considere colaboradora con el Estado en las gestiones que se realicen en procura del bienestar de los ciudadanos.

Necesitamos líderes de la sociedad civil que no prostituyan las organizaciones que dirigen o en las que militan, haciéndolas apéndices de partidos políticos o utilizándolas como instrumento de promoción o trampolín para acceder a cargos públicos. Necesitamos que esos líderes de la sociedad civil actúen de manera coherente frente al criterio de que mientras los partidos políticos tienen vocación de gobernar, la vocación de la sociedad civil es la de ser bien gobernada, razón por la cual militar en la sociedad civil no puede ser un “atajo” para llegar a un cargo en el gobierno.

Necesitamos políticos que entiendan que no todo se vale en política, que el fin no justifica los medios, que el poder no es un fin en si mismo y que la democracia, además de representativa, es también participativa, lo que supone escuchar los pareceres de los distintos sectores sociales antes de tomar las decisiones que afectan su presente y su futuro. 

Necesitamos, con urgencia, una mayor credibilidad en las personas, en nuestros líderes y en las instituciones.

 

03 de noviembre 2002