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Lo
que necesitamos Presenciamos cada vez con
mayor frecuencia, en personas pertenecientes a distintos sectores de la
sociedad, y en algunas organizaciones, mutaciones en los pareceres otrora
defendidos con firmeza; la renuncia a posiciones mantenidas por mucho
tiempo; desdecirse, aceptando o aprobando lo que antes se había rechazado,
o manteniendo un silencio cómplice cuando las circunstancias reclaman
hacer sentir la voz para decir la verdad, denunciar travesuras o
incoherencias. Estamos viendo como una práctica cada día mas
generalizada decir una cosa y hacer otra, defender principios que son
abandonados cuando las circunstancias aconsejan olvidarlos o renunciar a
ellos. Hemos visto también personas que dicen ser honorables
demostrando luego que
lo son sólo para algunas cosas. Como país en vía de desarrollo, en medio de las
oportunidades y las amenazas de la globalización, necesitamos muchas
cosas para beneficiarnos de estos cambios y no solo padecer sus
consecuencias negativas. Hay que mantener la estabilidad macroeconómica y
la política, lograr un crecimiento económico sostenido y transformarlo
en desarrollo; un mayor y mejor gasto social; una democracia mas
participativa y el fortalecimiento de la gobernabilidad, entre otras cosas.
Pero necesitamos también un comportamiento diferente de las personas,
sobre todo de aquellas que por la posición desempeñada educan con el
ejemplo, así como de las instituciones con mayor incidencia en el
acontecer nacional. Nuestras necesidades son múltiples y algunas de
importancia trascendente. Estas, además de esa importancia, son también
urgentes. Necesitamos intelectuales comprometidos con la verdad que
no alquilen o vendan su pluma y que no se desdigan o enmudezcan cuando el
poder le ofrezca una oportunidad o lo interpele por haber externado unas
consideraciones catalogadas como crítica sin fundamento. Necesitamos mas comunicadores sociales que asuman y desempeñen
la responsabilidad de educar, no de embrutecer, de elevar la condición
del dominicano, no de ridiculizarla. Comunicadores que creen opinión pública
con apego a la verdad y no simples defensores de quienes son los dueños
de los medios donde trabajan, o donde puedan trabajar. Necesitamos personas que
le importe, y mucho, lo que los demás piensen de ellas, que busquen el
reconocimiento público por lo que son, no por lo que tienen o por el
cargo que desempeñan. Necesitamos hombres y mujeres honorables por lo que hacen,
no por lo dicen y que con la misma honorabilidad con la que aceptan un
cargo de gran responsabilidad lo abandonen sin querer justificar a toda
costa la necesidad de permanecer
en él. Necesitamos personas dispuestas a poner la moralidad por
encima de la legalidad, y la ética como algo superior al derecho, y que
se resistan a tener que doblarse o doblegarse como el bambú, sin
quebrarse. Necesitamos que la administración pública
esté servida por funcionarios al servicio del Estado, no por
funcionarios del partido que ganó las elecciones ni, mucho menos, por los
miembros de una tendencia mayoritaria dentro de ese partido. Necesitamos funcionarios públicos que prefieran los técnicos
capacitados que encuentra en el departamento de la administración pública
en que lo nombraron, en vez de sus compañeros de partido que no tienen
otra calificación que las horas invertidas en el caravaneo o bandereo,
por considerar que con los primeros puede hacer una buena gestión y con
los segundos tiene asegurado el fracaso. Necesitamos representantes que una vez elegidos no se
quieran alzar con el santo y la limosna, que estén conscientes de que
recibieron un mandato para que actúen en nuestro nombre en el marco de la
legalidad y la legitimidad democráticas, que la representación no es un
mandato para tomar decisiones que nos afectan a todos sin consultarnos y
que nos deben rendir cuentas, no en las próximas elecciones, sino de
manera periódica. Necesitamos partidos políticos que cumplan a cabalidad las
esenciales funciones que tienen asignadas en el sistema político y que no
se empeñen en contribuir con
actuaciones reiteradas a la pérdida de su legitimidad y credibilidad,
aumentando su descrédito, porque las recientes experiencias nos enseñan
que a menos partidos políticos no ha habido mas democracia. Necesitamos
también que esos partidos políticos no den la impresión de ser sólo
maquinarias electorales para llegar al poder y ejercerlo en beneficio de
sus dirigentes y de sus militantes. Necesitamos desarrollar en los ciudadanos una conciencia de
que lo público, lo del Estado, es algo que también es nuestro. La exclusión
de amplios sectores de la sociedad de los beneficios de la
democracia participativa y de los bienes y servicios socialmente
producidos, ha hecho que lo público se considere que es de otros, no de
nosotros, por lo pensamos que cuando se le sustrae algo al Estado, sean
recursos económicos o calidad en los bienes y servicios que provee,
a nosotros en nada nos afecta. Necesitamos una democracia que se justifique porque se hace
mas eficiente y porque se hace mas democrática al ser mas participativa.
El ciudadano debe apreciar y
sentir los beneficios de una democracia política y de una democracia
social. Necesitamos una sociedad civil que no se presente como
alternativa a los partidos políticos sino como complementaria a los
mismos, que se preocupe por el fortalecimiento de los partidos, no por su
debilitamiento, y que se considere colaboradora con el Estado en las
gestiones que se realicen en procura del bienestar de los ciudadanos. Necesitamos líderes de la sociedad civil que no
prostituyan las organizaciones que dirigen o en las que militan, haciéndolas
apéndices de partidos políticos o utilizándolas como instrumento de
promoción o trampolín para acceder a cargos públicos. Necesitamos que
esos líderes de la sociedad civil actúen de manera coherente frente al
criterio de que mientras los partidos políticos tienen vocación de
gobernar, la vocación de la sociedad civil es la de ser bien gobernada,
razón por la cual militar en la sociedad civil no puede ser un
“atajo” para llegar a un cargo en el gobierno. Necesitamos políticos que entiendan que no todo se vale en
política, que el fin no justifica los medios, que el poder no es un fin
en si mismo y que la democracia, además de representativa, es también
participativa, lo que supone escuchar los pareceres de los distintos
sectores sociales antes de tomar las decisiones que afectan su presente y
su futuro. Necesitamos, con urgencia, una mayor credibilidad en las
personas, en nuestros líderes y en las instituciones. 03
de noviembre 2002 |