Hay que vivir, y resistir
Rafael Toribio - 20 de octubre 2002   

Encontrase, “por casualidad”, con un libro puede ser un acontecimiento significativo. Eso me pasó con La Resistencia, de Ernesto Sábato. A sus 91 años, intensamente vividos como científico, militante político e intelectual comprometido, nos ofrece, cuando está consciente que el final se aproxima, valiosas reflexiones sobre asuntos de gran trascendencia para comprender el sentido de la vida frente a lo acontecido, lo que acontece y lo que vendrá. Mas que las reflexiones de “un viejo”, son las reflexiones de una persona que puede mirar atrás y rescatar las enseñanzas de lo vivido y ofrecérnoslas para que nos ayuden a ver la luz que siempre hay junto a la oscuridad, la lucha permanente por la vida en medio de las limitaciones que conducen a la muerte, a saber que hay esperanza cuando casi todo está perdido. Por eso he querido compartir con mis lectores algunas de las reflexiones de Ernesto Sábato en su Resistencia, con una invitación conjunta a resistir por la vida. 

En las obras mas portentosas como en las mas sencillas, desde las pirámides de Egipto a un balcón o patio arreglado con flores, el ser humano pone en lo que hace parte de lo que es, como una especie de testimonio de sus aspiraciones o temores, de lo que quiere y siente. Dice Sábato que “el hombre hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el cuerpo, impregnándolo de sus anhelos y sentimientos...” Sin embargo, pasamos sin darnos lo que quieren decir esas cosas de las personas que las hicieron o usaron. Admiramos la forma, la belleza y no reparamos en los trozos de humanidad que contienen. 

Con los años le llega al ser humano la profundidad en la mirada. Vemos como los ancianos hablan poco y parecen que están mirando siempre a lo lejos. Ernesto Sábato nos corrige al afirmar que no miran a lo lejos, sino “hacia dentro, hacia lo mas profundo de su memoria, porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”. La memoria y el recuerdo son las armas con las que se defiende el hombre cuando esta consciente de que le queda poco futuro. Y en ese mirar “hacia dentro”, haciendo uso del recuerdo y de la memoria, parece que llega a encontrarse con algo que ha permanecido igual, a pesar de todos los cambios sufridos. Es lo que permite seguir siendo como hemos sido, algo “que está muy dentro, allá en regiones muy oscuras, que parece resistir... resguardando la eternidad del alma en la pequeñez de un ruego”. Y en medio de lo evidente, de la tristeza y de las angustias, el hombre es “una criatura que sólo sobrevive por la esperanza”. La esperanza es lo que permite al ser humano la supervivencia y la sobrevivencia, sobre todo cuando el final parece aproximarse.

 

En medio de tantos cambios de pareceres, de renuncias a lo que se había defendido, de incoherencias entre lo que se dice y lo que se hace, Sábato nos dice que “otro valor perdido es la vergüenza”. Y nos recuerda que muchos han perdido la vergüenza y que otros la pierden porque en vez de rechazar a los primeros los admiten, siendo entonces tan sinvergüenza como ellos. Al sinvergüenza debemos, al menos, rechazarlo, nunca admitirlo. Respecto al uso que le damos a las palabras y a su relación con los hechos, nos dice que en otros tiempos “de ninguna manera eran (las palabras) un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven mas para descargarnos de nuestros actos que para responder por ellos”. En vez de ser testimonio de los hechos, las palabras tratan de justificarlos, cuando no encubrirlos.

Hemos querido afirmar la vida negando la muerte, tratando de evitar todo lo que nos recuerde su llegada cierta y desperdiciando de esta manera la oportunidad de “percibir las situaciones límites, aquellas en las que se nos desploma nuestro mundo, las únicas que nos pueden sacudir de esa inercia en que avanzamos”, porque “nada sabríamos de la vida sin la dolorosa conciencia de aquel misterio final”. El contacto con la muerte es lo que nos proporciona la oportunidad de hacernos las grandes preguntas sobre la vida. Hay valores y verdades universales de los que adquirimos plena conciencia sólo en las situaciones límites y en los momentos de profunda soledad, y que se manifiestan normalmente en un nudo en la garganta y algunas lágrimas en los ojos. “No es una casualidad que las tres grandes religiones de occidente hayan nacido en la soledad del desierto, en esa especie de metáfora de la nada en la que el infinito se conjuga con la finitud del hombre”. La soledad parece ser el momento oportuno para el encuentro con uno mismo y con la trascendencia.

 

Frente a la derrota de la solidaridad por el individualismo, Sábato afirma que “el sálvese quien pueda no solo es inmoral, sino que tampoco alcanza”, pues solo se salvan los que están mejor equipados. Frente a quienes tratan de estrangular la vida favoreciendo acciones que la limitan, proclama que “el ser humano saber hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”. A quienes piensan que con la degradación de la vida humana destierran la dignidad, les recuerda que “el mundo nada pueda contra un hombre que canta en la miseria”, y que hay testimonios cotidianos de la resistencia y de la grandeza humanas, que podemos catalogar como modernos y verdaderos milagros. “Milagro es que los hombres no renuncien a sus valores cuando el sueldo no les alcanza para dar de comer a su familia, milagro es que el amor permanezca y que todavía corran ríos cuando hemos talado los árboles de la tierra”.

 

Concluyo con el llamado final que hace Sábato para la resistencia heroica de todos los días, en nuestra cotidianidad. No a la resignación porque “resignarse es una cobardía, es el sentimiento que justifica el abandono de aquello por lo cual vale luchar, es, de alguna manera, una indignidad...”. Sí al compromiso solidario con los demás porque el compromiso no te permite echarte al lado o atrás: el sentido de la responsabilidad debe vencer el miedo, por eso quizás no hayan valientes sino comprometidos y responsables. “Uno no se atreve cuando está solo y aislado, pero si puede hacerlo si se ha hundido tanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás”. 

20 de octubre 2002