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Hay
que vivir, y resistir Encontrase, “por casualidad”, con un libro puede ser un
acontecimiento significativo. Eso me pasó con La Resistencia, de Ernesto
Sábato. A sus 91 años, intensamente vividos como científico, militante
político e intelectual comprometido, nos ofrece, cuando está consciente
que el final se aproxima, valiosas reflexiones sobre asuntos de gran
trascendencia para comprender el sentido de la vida frente a lo acontecido,
lo que acontece y lo que vendrá. Mas que las reflexiones de “un viejo”,
son las reflexiones de una persona que puede mirar atrás y rescatar las
enseñanzas de lo vivido y ofrecérnoslas para que nos ayuden a ver la luz
que siempre hay junto a la oscuridad, la lucha permanente por la vida en
medio de las limitaciones que conducen a la muerte, a saber que hay
esperanza cuando casi todo está perdido. Por eso he querido compartir con
mis lectores algunas de las reflexiones de Ernesto Sábato en su
Resistencia, con una invitación conjunta a resistir por la vida. En las obras mas portentosas como en las mas sencillas,
desde las pirámides de Egipto a un balcón o patio arreglado con flores,
el ser humano pone en lo que hace parte de lo que es, como una especie de
testimonio de sus aspiraciones o temores, de lo que quiere y siente. Dice
Sábato que “el hombre hace con los objetos lo mismo que el alma realiza
con el cuerpo, impregnándolo de sus anhelos y sentimientos...” Sin
embargo, pasamos sin darnos lo que quieren decir esas cosas de las
personas que las hicieron o usaron. Admiramos la forma, la belleza y no
reparamos en los trozos de humanidad que contienen. Con los años le llega al ser humano la profundidad en la
mirada. Vemos como los ancianos hablan poco y parecen que están mirando
siempre a lo lejos. Ernesto Sábato nos corrige al afirmar que no miran a
lo lejos, sino “hacia dentro, hacia lo mas profundo de su memoria,
porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.
La memoria y el recuerdo son las armas con las que se defiende el hombre
cuando esta consciente de que le queda poco futuro. Y en ese mirar
“hacia dentro”, haciendo uso del recuerdo y de la memoria, parece que
llega a encontrarse con algo que ha permanecido igual, a pesar de todos
los cambios sufridos. Es lo que permite seguir siendo como hemos sido,
algo “que está muy dentro, allá en regiones muy oscuras, que parece
resistir... resguardando la eternidad del alma en la pequeñez de un ruego”.
Y en medio de lo evidente, de la tristeza y de las angustias, el hombre es
“una criatura que sólo sobrevive por la esperanza”. La esperanza es
lo que permite al ser humano la supervivencia y la sobrevivencia, sobre
todo cuando el final parece aproximarse. En medio de tantos cambios de pareceres, de renuncias a lo
que se había defendido, de incoherencias entre lo que se dice y lo que se
hace, Sábato nos dice que “otro valor perdido es la vergüenza”. Y
nos recuerda que muchos han perdido la vergüenza y que otros la pierden
porque en vez de rechazar a los primeros los admiten, siendo entonces tan
sinvergüenza como ellos. Al sinvergüenza debemos, al menos, rechazarlo,
nunca admitirlo. Respecto al uso que le damos a las palabras y a su relación
con los hechos, nos dice que en otros tiempos “de ninguna manera eran (las
palabras) un arma para justificar los hechos. Hoy todas las
interpretaciones son válidas y las palabras sirven mas para descargarnos
de nuestros actos que para responder por ellos”. En vez de ser
testimonio de los hechos, las palabras tratan de justificarlos, cuando no
encubrirlos. Hemos querido afirmar la vida negando la muerte, tratando
de evitar todo lo que nos recuerde su llegada cierta y desperdiciando de
esta manera la oportunidad de “percibir las situaciones límites,
aquellas en las que se nos desploma nuestro mundo, las únicas que nos
pueden sacudir de esa inercia en que avanzamos”, porque “nada sabríamos
de la vida sin la dolorosa conciencia de aquel misterio final”. El
contacto con la muerte es lo que nos proporciona la oportunidad de
hacernos las grandes preguntas sobre la vida. Hay valores y verdades
universales de los que adquirimos plena conciencia sólo en las
situaciones límites y en los momentos de profunda soledad, y que se
manifiestan normalmente en un nudo en la garganta y algunas lágrimas en
los ojos. “No es una casualidad que las tres grandes religiones de
occidente hayan nacido en la soledad del desierto, en esa especie de metáfora
de la nada en la que el infinito se conjuga con la finitud del hombre”.
La soledad parece ser el momento oportuno para el encuentro con uno mismo
y con la trascendencia. Frente a la derrota de la solidaridad por el individualismo,
Sábato afirma que “el sálvese quien pueda no solo es inmoral, sino que
tampoco alcanza”, pues solo se salvan los que están mejor equipados.
Frente a quienes tratan de estrangular la vida favoreciendo acciones que
la limitan, proclama que “el ser humano saber hacer de los obstáculos
nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para
renacer”. A quienes piensan que con la degradación de la vida humana
destierran la dignidad, les recuerda que “el mundo nada pueda contra un
hombre que canta en la miseria”, y que hay testimonios cotidianos de la
resistencia y de la grandeza humanas, que podemos catalogar como modernos
y verdaderos milagros. “Milagro es que los hombres no renuncien a sus
valores cuando el sueldo no les alcanza para dar de comer a su familia,
milagro es que el amor permanezca y que todavía corran ríos cuando hemos
talado los árboles de la tierra”. Concluyo con el llamado final que hace Sábato para la
resistencia heroica de todos los días, en nuestra cotidianidad. No a la
resignación porque “resignarse es una cobardía, es el sentimiento que
justifica el abandono de aquello por lo cual vale luchar, es, de alguna
manera, una indignidad...”. Sí al compromiso solidario con los demás
porque el compromiso no te permite echarte al lado o atrás: el sentido de
la responsabilidad debe vencer el miedo, por eso quizás no hayan
valientes sino comprometidos y responsables. “Uno no se atreve cuando
está solo y aislado, pero si puede hacerlo si se ha hundido tanto en la
realidad de los otros que no puede volverse atrás”. 20
de octubre 2002 |