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La
estrategia verbal de Hipólito Se han publicado varios artículos
en los últimos días en los que se expresa indignación por la
recurrencia del presidente Hipólito Mejía al calificativo directo contra
los críticos de muchas de las actuaciones de su Gobierno. Al mandatario se le ha dicho
desde insolente, por la rudeza de su lenguaje frente a lo dicho por Luis
Manuel Bonetti y Leonel Fernández, o contra Bienvenido Alvarez-Vega y
Miguel A. Velásquez Mainardi por supuestamente utilizar una encuesta como
chantaje contra el Gobierno, y se le ha acusado de estar contribuyendo con
la “tulilización” de la sociedad dominicana, en franca referencia a
la mediocre actuación y representación artística de un hombre que se
llama a sí mismo Tulile y que se dedica al cultivo de una rara variedad
de merengue. Citar sólo los nombres de
los “protagonistas” del lenguaje presidencial haría tedioso este
comentario, pero tratar de encontrar las razones de esa fórmula de
gobernar democráticamente parece más que interesante. Hipólito Mejía no es un
presidente autocrático ni se le puede considerar con simpatías hacia fórmulas
intolerantes y no democráticas de gobierno. Demostrar lo contrario sería
muy difícil, por lo que debe descartarse que la intención de los
“insultos” sea impedir la disensión y el ejercicio de la democracia y
la libertad de expresión. Aunque ayer mismo Hipólito
Mejía dijo que no gobierna para atemorizar a nadie, pienso que en el
lenguaje del mandatario se esconde una historia de éxitos políticos que
se han obtenido a través de una estrategia de atacar duramente a quien lo
critique, neutralizarlo y después tratar de atraerlo, a diferencia de la
fórmula de Joaquín Balaguer de no responder los ataques, ignorarlos
momentáneamente, atraer con elogios al contrario y sumarlo a su redil
para completar la desmoralización individual. Las diferencias son
abismales entre uno y otro método. Sobresale y sorprende el lenguaje de
Mejía en un país en que se ha solemnizado tanto la presidencia de la República.
Esa es una de las claves del éxito político del Presidente, que le ha
ganado la simpatía de las masas, que se identifica con él de la misma
forma que con Tulile en pañales y con un “bobo”. La fórmula de Hipólito Mejía
se expresa en la alharaca, se explaya en el gracejo del lenguaje popular y
se virtualiza en el poder. Nadie desea recibir un estrujón verbal del
Presidente de la República, porque eso repercute extraordinariamente, y
aunque la respuesta agria es una salida probablemente digna, la costumbre
dominicana es que a los presidentes no se les contradice ni se pelea con
ellos en el plano personal. No debemos echar a un lado
que son históricos y memorables en la conciencia pública los boches del
doctor Balaguer a Bienvenido Mejía y Mejía y a Víctor Gómez Bergés,
como tampoco el desafío a un duelo que le hizo a un reconocido empresario,
pese a su anciana condición y a su ceguera. Hipólito Mejía se escuda
en que no será sumiso ni
genuflexo con quienes lo critican y
supuestamente tratan de manipular sus acciones, pero detrás de sus agrias
palabras los destinatarios sienten que está el poder que otorga ser
presidente en un país presidencialista y se hacen sujetos de convertirse
en “desafectos” del poder en un gobierno democrático, algo que nadie
desea. No hay un director de periódico
que se haya escapado a las duras palabras de Hipólito Mejía. El único
que no estaba en su lista era Alvarez-Vega, y acaba de ser incluido.
Osvaldo Santana, Miguel Franjul, Bernardo Vega, Cuchito Alvarez, Radhamés
Gómez Pepín y Rafael Molina Morillo han recibido el látigo verbal del
presidente. Aunque mucha gente ande
indignada, castigando política y éticamente al primer mandatario, creo
que detrás de ese lenguaje desinhibido se esconde la intención de
amortiguar y contener las críticas, sin afectar el ejercicio democrático
y la libertad de expresión y difusión del pensamiento. El único caso en que el
presidente sometió a la justicia a alguien por criticar al Gobierno fue
en el de los bonos soberanos, contra Rafael Camilo, y un juez declaró
improcedente el procedimiento y perimido el período para llevar la
acusación. La rentabilidad política de
esa estrategia sí que es notable, porque son muchos los personajes boca
dura que han desaparecido de los medios de comunicación y los críticos
consuetudinarios que sólo hacen proselitismo tratando de destruir las
iniciativas gubernamentales.
31
de agosto 2002 |