La estrategia verbal de Hipólito
Fausto Rosario - 31 de agosto 2002   

Se han publicado varios artículos en los últimos días en los que se expresa indignación por la recurrencia del presidente Hipólito Mejía al calificativo directo contra los críticos de muchas de las actuaciones de su Gobierno.

Al mandatario se le ha dicho desde insolente, por la rudeza de su lenguaje frente a lo dicho por Luis Manuel Bonetti y Leonel Fernández, o contra Bienvenido Alvarez-Vega y Miguel A. Velásquez Mainardi por supuestamente utilizar una encuesta como chantaje contra el Gobierno, y se le ha acusado de estar contribuyendo con la “tulilización” de la sociedad dominicana, en franca referencia a la mediocre actuación y representación artística de un hombre que se llama a sí mismo Tulile y que se dedica al cultivo de una rara variedad de merengue.

Citar sólo los nombres de los “protagonistas” del lenguaje presidencial haría tedioso este comentario, pero tratar de encontrar las razones de esa fórmula de gobernar democráticamente parece más que interesante.

Hipólito Mejía no es un presidente autocrático ni se le puede considerar con simpatías hacia fórmulas intolerantes y no democráticas de gobierno. Demostrar lo contrario sería muy difícil, por lo que debe descartarse que la intención de los “insultos” sea impedir la disensión y el ejercicio de la democracia y la libertad de expresión.

Aunque ayer mismo Hipólito Mejía dijo que no gobierna para atemorizar a nadie, pienso que en el lenguaje del mandatario se esconde una historia de éxitos políticos que se han obtenido a través de una estrategia de atacar duramente a quien lo critique, neutralizarlo y después tratar de atraerlo, a diferencia de la fórmula de Joaquín Balaguer de no responder los ataques, ignorarlos momentáneamente, atraer con elogios al contrario y sumarlo a su redil para completar la desmoralización individual.

Las diferencias son abismales entre uno y otro método. Sobresale y sorprende el lenguaje de Mejía en un país en que se ha solemnizado tanto la presidencia de la República. Esa es una de las claves del éxito político del Presidente, que le ha ganado la simpatía de las masas, que se identifica con él de la misma forma que con Tulile en pañales y con un “bobo”.

La fórmula de Hipólito Mejía se expresa en la alharaca, se explaya en el gracejo del lenguaje popular y se virtualiza en el poder. Nadie desea recibir un estrujón verbal del Presidente de la República, porque eso repercute extraordinariamente, y aunque la respuesta agria es una salida probablemente digna, la costumbre dominicana es que a los presidentes no se les contradice ni se pelea con ellos en el plano personal.

No debemos echar a un lado que son históricos y memorables en la conciencia pública los boches del doctor Balaguer a Bienvenido Mejía y Mejía y a Víctor Gómez Bergés, como tampoco el desafío a un duelo que le hizo a un reconocido empresario, pese a su anciana condición y a su ceguera.

Hipólito Mejía se escuda en que no será sumiso ni genuflexo con quienes lo critican y supuestamente tratan de manipular sus acciones, pero detrás de sus agrias palabras los destinatarios sienten que está el poder que otorga ser presidente en un país presidencialista y se hacen sujetos de convertirse en “desafectos” del poder en un gobierno democrático, algo que nadie desea.

No hay un director de periódico que se haya escapado a las duras palabras de Hipólito Mejía. El único que no estaba en su lista era Alvarez-Vega, y acaba de ser incluido. Osvaldo Santana, Miguel Franjul, Bernardo Vega, Cuchito Alvarez, Radhamés Gómez Pepín y Rafael Molina Morillo han recibido el látigo verbal del presidente.

Aunque mucha gente ande indignada, castigando política y éticamente al primer mandatario, creo que detrás de ese lenguaje desinhibido se esconde la intención de amortiguar y contener las críticas, sin afectar el ejercicio democrático y la libertad de expresión y difusión del pensamiento.

El único caso en que el presidente sometió a la justicia a alguien por criticar al Gobierno fue en el de los bonos soberanos, contra Rafael Camilo, y un juez declaró improcedente el procedimiento y perimido el período para llevar la acusación.

La rentabilidad política de esa estrategia sí que es notable, porque son muchos los personajes boca dura que han desaparecido de los medios de comunicación y los críticos consuetudinarios que sólo hacen proselitismo tratando de destruir las iniciativas gubernamentales.

 

31 de agosto 2002