Ramón Tejada Holguín/EL SIGLO
La recién finalizada Jornada Nacional de Protesta, según la Coordinadora de Organizaciones Populares, Sindicales y Choferiles, "sobrepasó todas las expectativas creadas, convirtiéndose en una acción de recogimiento cívico, al paralizar las actividades productivas, el transporte y el comercio en más de un 70%" (El Siglo, 20-06-2001); para los voceros gubernamentales, fue un fracaso "ya que las protestas no afectaron las actividades comerciales e industriales, ni las labores del sector público, aunque hubo una reducción mínima del transporte de pasajeros en algunas localidades por decisión propia de los choferes" (El Siglo, 20-06-2001).
Unos y otros están viendo lo que quieren ver. Lo ocurrido el martes pasado debe ser observado desde otro ángulo. La jornada reitera las dificultades del sistema político dominicano para procesar sus conflictos, evidencia la fragilidad y volatilidad del movimiento popular y alerta sobre las posibilidades de que la inestabilidad política se "estabilice", es decir que estos tres años que restan al gobierno se vean caracterizados por movimientos cíclicos similares a los del martes pasado. En otras palabras, hay un llamado para cambiar de estilo de gobierno y de oposición, así como a redefinir las formas de lucha de los grupos populares, pero también para que se comiencen a ver las políticas públicas como algo que se construye de forma colectiva.
CAMBIAR DE ESTILO. Un sistema político que necesita ser convocado por un prestigioso y popular animador de televisión es infuncional, y evidencia que los políticos no están jugando correctamente su papel. Pero, es una situación que se viene arrastrando desde hace mucho tiempo, casi desde que en el 1978 se inició el actual proceso de democratización de la República Dominicana. Hay que recordar que en los ochenta y noventa era la Iglesia Católica y/o una comisión de notables, ese tercero que convocaba a las partes en conflicto.
El sistema político se resiste a modernizarse, a adaptarse al reordenamiento económico y a la redefinición social que padece la República Dominicana. La responsabilidad es compartida por todos los actores políticos. Ninguno de los tres partidos mayoritarios que han gobernado la nación ha tenido el coraje y la decisión de liderar un proceso de institucionalización y modernización del sistema político. A pesar de los discursos proclives a la democracia y la participación que poseen desde la oposición, al llegar al Estado terminan "cogiéndole el gustico a la silla" y cediendo a la tentación de colocarse las botas del Balaguer de los doce años.
La propuesta del Gobierno y el PRD de construir un pacto social a través de "una mesa de negociación para discutir las demandas sociales, las acciones que ellas requieran y las prioridades en un marco de tres años, que es justamente el período que le queda a este Gobierno constitucional" (El Siglo, 18-06-2001), resulta interesante y puede ser el primer eslabón en la construcción de la tan deseada gobernabilidad democrática; es decir, en la construcción de un marco institucional que permita a la sociedad dominicana procesar sus conflictos.
Pero no se envió correctamente el mensaje de distensión. Se aprovechó un hecho puntual –la convocatoria a una jornada de protesta- para hacer una oferta de largo alcance, lo que provocó que algunos sectores la vieran como una forma de desarticular lo que se avecinaba. Debe recordarse que los pasados intentos de diálogo han terminado en el fracaso, y en algunos casos en un franco y abierto incumplimiento del gobierno de los acuerdos, como fue el caso del famoso diálogo tripartito.
A pesar de que entre los voceros del gobierno se encontraba un conocedor y antiguo protagonista de los sectores populares, no se dio ningún tipo de garantía a éstos, no se hizo ningún gesto concreto que propiciara el diálogo. Inclusive, Hipólito Mejía perdió una oportunidad de primer orden cuando el lunes anunció que el aumento del 20% para los usuarios del servicio eléctrico cuya facturación mensual sobrepase los RD$1,500 a partir del día primero de julio, no sería autorizado por él (El Siglo, 19-06-2001).
En la forma y el estilo que lo anunció, Mejía dejó la sensación de que dicho aumento fue asunto del secretario de Industria y Comercio, lo cual no puede ser cierto. Y si lo es, el problema de falta de coordinación y norte de la gestión gubernamental es más grave de lo que se puede pensar.
Hipólito Mejía bien pudo haber relacionado el anuncio de que no autorizaba el aumento, a su propuesta de diálogo, de manera que dejar sin efecto el aumento anunciado por el secretario de Industria y Comercio se convirtiera en un gesto que propiciara la concertación.
En este sentido se relacionan la personalidad política del presidente y el sistema político dominicano, para quienes definitivamente el diálogo, entendido como un uso eficiente de la voz y el oído, está mediado por la relación de poder, por la capacidad de imposición. Parecería que se piensa que ceder es debilidad.
EL ESTILO DE LA OPOSICIÓN. Nuestro país se caracteriza por procesos institucionales precarios e inconclusos, que no se han sedimentado en la sociedad. Las relaciones primarias cortan de manera transversal las relaciones políticas (lo que posibilita, entre otros aspectos, la creación de redes de protección entre los corruptos de los diversos partidos), y existe una mal llamada "clase" política que se cree colocada por encima de la sociedad. Tenemos políticos profesionales que se comportan como "infantes terribles" que juegan despreocupadamente, cual si el país fuera una especie de juego de mesa.
Una de las reglas de oro del juego de los niños perversos es que el fracaso de quien está en el poder es ganancia para la oposición, por lo tanto se cree que el trabajo de esta última es hacer fracasar la gestión de los primeros. Pocos han entendido que para que ya no se armen líos y dimes y diretes entre los jugadores, es necesario ponerse de acuerdo en la creación de reglas del juego claras e iguales para todos. Alguien debe dar el primer paso.
No hay mucha diferencia entre los partidos mayoritarios de la oposición y el Gobierno. Todos, durante sus mandatos, han hecho ofertas de diálogo y concertación (Balaguer el Diálogo Tripartito, Fernández el Diálogo Nacional, y Mejía la Mesa de Negociación); algunas de las experiencias pasadas han logrado sentar en la mesa de negociación a los actores más importantes de la sociedad, se han elaborado compromisos y al final cada uno ha hecho lo que le ha venido en ganas, y el diálogo sólo ha servido como una forma de ganar tiempo y de legitimación del Gobierno.
LA FORMA DE LUCHA DE LOS SECTORES POPULARES. La primera pregunta que hay que hacerse es ¿hasta dónde la Coordinadora de Organizaciones Populares, Sindicales y Choferiles representa efectivamente a una parte importante del pueblo dominicano?
Hay quienes dicen que tiene poca raíces en los sectores que dice representar, y ponen como ejemplo los intentos de Ramón Almánzar de dar el paso de líder de un grupo popular a jefe de un partido político, los cuales se estrellaron contra la realidad de que el número de votos que obtuvo en las elecciones fue inferior al número de observadores electorales del Movimiento Cívico Participación Ciudadana. Algo similar ha ocurrido con otros líderes del movimiento sindical y obrero, que han terminado apoyándose en uno de los tres partidos mayoritarios para poder dar el "crossover" político.
Pero no nos detengamos en ese hecho, ya que su análisis debe ser más detenido y profundo. Después del desplazamiento del poder del Balaguer de los doce años el movimiento popular no ha podido articularse, unificarse, tener una identidad como tal. La relación con las izquierdas es demasiado estrecha. Las demandas del movimiento no son las demandas de los sectores específicos que lo conforman, sino que son demandas propias de los partidos y de una visión global.
El no a los bonos, el problema ecológico, la crítica a la capitalización, entre otros aspectos, son demandas que apelan a una redefinición de la política económica. En este sentido el movimiento popular se comporta más como partido que como representante de sectores específicos de la sociedad civil.
Sólo algunos gremios y organizaciones profesionales, como los choferes, médicos y profesores, se comportan como movimientos reivindicativos con un norte claro y preciso: la defensa de los afiliados. Y han sido los que generalmente pueden decir que han tenido éxito en sus movimientos reivindicativos: el Plan Renove, las modificaciones al Proyecto de Ley de Seguridad Social, aumentos salariales, entre otros aspectos. Estos sectores más compactos y mejor organizados son los que terminan teniendo los mejores beneficios de los movimientos huelguísticos nacionales y las jornadas de lucha. Los grupos comunitarios, y los barrios apenas logran una que otra acción puntual y asistencial del Gobierno.
El movimiento popular sigue entrampado en las viejas prácticas de izquierda, y en los intentos de convertirse en una "vanguardia que sea el propulsor de los procesos de transformación social". No ha entendido –todavía- el significado real de la palabra participación y construcción colectiva. Algunos de sus más connotados dirigentes no han podido diferenciar entre su rol –legítimo- de militante político partidario del cambio social y su rol de representante de un sector de la sociedad –ya sea a través de una organización territorial, sindical, comunal, gremio o grupo profesional; piensan sus acciones en función de sus intereses políticos y no en función de la comunidad u organización territorial que dicen representar.
El diálogo, en un contexto como este, tiene serias limitaciones, máxime cuando ninguno de los contendientes está dispuesto a dar el primer paso. Si alguno de los actores políticos no rompe la espiral, si desde la sociedad civil no se construye una autoridad política y moral que obligue a los políticos a que jueguen con reglas del juego equitativas e igualitarias, lo que le espera a la sociedad dominicana son tres años de un tipo de estabilidad política inestable.
Mucha gente se integró a la jornada de protesta enviándole un claro mensaje al Gobierno: las cosas no pueden seguir por los derroteros que van. Poca gente fue a la vigilia del Parque Independencia enviándole un mensaje claro a los líderes del movimiento: estamos descontentos, pero ustedes no tienen carta blanca.
Cuando la inestabilidad política se convierte en "lo normal", y no existe una autoridad política y moral claramente identificable en el seno de ese ente amorfo y heterogéneo que son las masas, y se tiene una policía brutal y represiva, las posibilidades de una "poblada" son cada vez mayores. Y los muertos siempre los pone el mismo grupo social.
Junio 24, 2001