Fausto Rosario Adames
La
encuesta Hamilton-Beattie acaba de aportar un dato contundente para el gobierno:
El 71% de la población cree que en la administración de Hipólito Mejía hay
mucha o alguna corrupción, pese a que hace sólo cuatro meses se registraba un
73% del país con la esperanza de que el oficialismo combatiría la corrupción.
Estas
mediciones no siempre rigurosas, pero tienen la virtud de indicar con cierta
claridad el estado de la opinión pública, las tendencias del sentir de la
mayor parte de la población. Si acogemos como válidos los datos aportados el
miércoles por el diario Hoy, estamos frente a una derrota del presidente Hipólito
Mejía, quien basó su campaña electoral en la crítica a los procedimientos
irregulares y en su celo por “la pulcritud y la frugalidad” en el manejo de
los recursos del Estado.
Sería
la peor derrota del Presidente, porque en sus últimas batallas el mandatario sólo
conoce el sabor de la victoria. Hipólito Mejía luego de perder una candidatura
a senador por Santiago y una candidatura vicepresidencial junto a José
Francisco Peña Gómez, sólo ha sabido ganar dentro y fuera del PRD.
Con
su estilo frontal y recurriendo frecuentemente a frases populares contundentes y
gráficas, Mejía se ganó el corazón de los perredeístas, primero, y de la
opinión pública después, bajo la bandera de que era un hombre de palabra.
Entre
sus promesas más reiteradas y firmes estuvo siempre que gobernaría para todos
sin olvidarse de los suyos, pero siendo intolerante con la corrupción propia y
ajena, permitiendo que los mecanismos oficiales, de Justicia y Ministerio Público,
hicieran su trabajo sin la intromisión del Poder Ejecutivo. Dijo que bajo su
mandato el Palacio Nacional sería como una casa de cristal.
Lamentablemente
esas promesas no se han cumplido, y el único caso de corrupción en esta
administración llevado a investigación fue el del Bienes Nacionales, y lo hizo
Milagros Ortiz Bosch, como encargada del Poder Ejecutivo, porque el presidente
estaba de viaje. Resulta paradójico que más de la mitad de los perredeístas
piensen que su gobierno es corrupto.
El
presidente Mejía es la persona mejor informada sobre las instituciones donde
sus más encumbrados funcionarios cometen irregularidades. Son muchas las
denuncias registradas en los medios de comunicación sobre actos dolosos, las
denuncias de partidos políticos o de grupos interesados, y desde el Palacio
Nacional el país no recibe señales de interés por investigar o responder las
imputaciones. Al contrario, el presidente las niega y confiesa que este es el
gobierno menos corrupto que ha tenido el país.
En
segmentos importantes del país se siente que el Congreso Nacional actúa muy a
la ligera frente a los proyectos de endeudamiento externo y concesiones que envía
el Poder Ejecutivo, pero también se percibe que muchos legisladores extienden
demasiado la mano en demandas particulares al Gobierno, y que se les atiende.
Pocas
veces un gobierno había sido señalado tan temprano como corrupto. Generalmente
los gobiernos pierden la imagen luego de la mitad de la gestión, cuando los
vientos reeleccionistas movilizan recursos y permiten que muchos personeros se
escuden en esas lisonjas al ejecutivo para corroer el erario público.
Es
muy temprano para que casi las tres cuartas partes del país piense que el
gobierno es muy corrupto o algo corrupto. Si la campaña reeleccionista continúa,
esta percepción podría cobrar más fuerza, y al final el deterioro será en la
imagen del presidente Hipólito Mejía, algo que el país seguramente lamentará.
08 de Diciembre, 2001
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